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Miguel de Unamuno: "¿Qué es la verdad?"

Por Miguel de Unamuno. Marzo de 1906.


CUENTA el cuarto Evangelio, en su capítulo XVIII, que cuando llevaron a Jesús preso, al pretorio, llamándole aparte Pilato, el intelectual pretor romano, le preguntó si era el rey de los judíos; y al contestarle Jesús que su reino no era de este mundo y que había nacido para dar testimonio de la verdad, le volvió a preguntar Pilato diciendo: «¿Qué es la verdad?»; y sin esperar respuesta se salió a decir a los judíos que no hallaba culpa en aquel hombre.

Ya antes de nacer el Cristo preguntaban los intelectuales que gobiernan o quieren gobernar a los pueblos qué es la verdad, y sin esperar respuesta, se volvían a resolver en mentira los asuntos que les estaban encomendados; y después de haber muerto el Cristo, en testimonio de la verdad, siguen los Pilatos preguntando, de pasada, qué es la verdad, y volviéndose a lavarse las manos en aguas consagradas a la mentira.

¿Qué es la verdad? Tomo el tratado de filosofía que encuentro más a mano, el que llevábamos de texto en la Universidad cuando seguí mis dos cursos de metafísica, y que tiene la inapreciable ventaja, para este caso, de ser un libro larga, ancha y profundamente ramplón, falto de toda originalidad, fidelísimo espejo del abismo de vulgaridad, de ñoñez, de tontería, a que ha venido a caer entre nosotros eso que llaman el tomismo. Es la Filosofía elemental escrita por el excelentísimo señor don Fray Zeferino González, obispo de Córdoba —así reza la portada de la segunda edición—, uno de los hombres que más tonterías han escrito en España. Abro este libro detestable con que me entelarañaron la inteligencia a mis diez y seis años, y en el artículo 1.° del capítulo II de la sección segunda de su libro primero, leo que la verdad se divide en metafísica, lógica y moral.

Ya nos están dividiendo a la verdad, es decir, enturbiándonosla. Pero sigamos y veamos lo que de ella nos dice este libro típico, escrito por uno de nuestros hombres más representativos. «Verdad metafísica es la realidad objetiva de las cosas en cuanto éstas, por medio de su esencia, corresponden a la idea típica de las mismas, preexistente “ab æterno” en el entendimiento divino». Dejemos este lío, sin meternos a indagar si las cosas no son ya, ellas mismas, esas ideas típicas preexistentes en el entendimiento divino.

Y no nos metamos a averiguar qué es eso de que las cosas correspondan con su idea divina por medio de su esencia, y qué mediación es ésta de la esencia y en qué la esencia se distingue de las cosas mismas, a que sirve de medianera. Esta bazofia intelectual se nos servía en nuestra juventud.

«La verdad lógica... puede definirse: la conformidad o ecuación del entendimiento como cognoscente con la cosa conocida». Esto no es sino una paráfrasis, en torpe y desmañado castellano, de la conocida definición de Santo Tomás: adæquatio intellectus et rei. Dejémosla, pues; ha sido mil veces criticada.
«La verdad moral es la conformidad o ecuación del lenguaje externo con el juicio interno del sujeto».

Dejando ahora a Fray Zeferino, digamos que la verdadera verdad, la verdad radical es esta última, la que llama moral. De ella arranca la otra, la lógica.

A lo contrario de la verdad lógica se llama error, y a lo contrario de la verdad moral se llama mentira. Y es claro que uno puede ser veraz, decir lo que piensa, estando en error, y puede decir algo que sea verdad lógica mintiendo.

Y ahora digo que el error nace de la mentira.
Más de una vez, antes de ahora, he dicho una cosa que pienso volver a repetir muchas veces más: y es que vale más el error en que se cree, que no la realidad en que no se cree; que no es el error, sino la mentira, lo que mata al alma.

El hombre miente y aprende de otros hombres la mentira. En el trato social hemos aprendido la mentira, y como el hombre lo ve todo con ojos humanos, todo lo humaniza. Humaniza el hombre a la naturaleza, atribuyéndole cualidades e intenciones humanas; y como el hombre dice una cosa y piensa o siente otra, suponemos que también la naturaleza suele pensar o sentir de un modo y presentársenos de otro; suponemos que la naturaleza nos miente. Y de aquí nuestros errores, errores que proceden de suponer a la naturaleza, a la realidad, una intención oculta de que carece.

¿Qué quiere decir la nieve, el rayo, la cristalización, la partenogénesis, el atavismo?, nos preguntamos. Y no quieren decir más que lo que dicen, porque la naturaleza no miente.

Si los hombres fuésemos verídicos siempre, si nunca mintiéramos ni por comisión ni por omisión, ni falseando la verdad ni callándola, a nadie se le ocurriría hablar de conformidad entre el lenguaje externo y el juicio interno, porque el lenguaje y el juicio serían una misma y sola cosa. Si no mintiéramos, ni de palabra ni de silencio, no habría distinción entre fondo y forma de nuestro pensamiento, ni la palabra sería vestidura de la idea, sino la idea misma exteriorizada. Hablar no sería sino pensar en voz alta, pensar para los demás. Y entonces, trasladando esto a la naturaleza, comprenderíamos y sentiríamos —sentir es algo más íntimo que comprender—que no hay distinción alguna entre la realidad y lo que como tal se nos aparece, que la naturaleza nos habla pensando, o piensa hablándonos.

Mas el hecho es que por sutil magia, por misterioso proceder, la naturaleza miente a los mentirosos.
Estoy persuadido de que si la absoluta veracidad se hiciese dueña de los hombres y rigiese sus relaciones todas, si acabase la mentira, los errores desaparecerían y la verdad se nos iría revelando poco a poco.

El único culto perfecto que puede rendirse a Dios es el culto de la verdad. Ese reino de Dios, cuyo advenimiento piden a diario maquinalmente millones de lenguas manchadas en mentira, no es otro que el reino de la verdad.

Dejad la reforma de todo vicio, de toda flaqueza; humillaos al azote de la soberbia, de la ira, de la envidia, de la gula, de la lujuria, de la avaricia: pero proponeos no mentir nunca ni por comisión ni por omisión; proponeos, no sólo no decir mentiras, sino tampoco callar verdades; proponeos decir la verdad siempre y en cada caso, pero, sobre todo, cuando más os perjudique y cuando más inoportuno lo crean los prudentes, según el mundo: hacedlo así y estaréis salvos, y todo esos pecados capitales no podrán hacer mella en vuestras almas.

¿Te domina la soberbia, o la envidia, o la lujuria, o la avaricia? Pues no lo ocultes. No seas hipócrita, ni con la hipocresía del que llamamos así, hipócrita, ni con la hipocresía del cínico, que nos quiere engañar con la verdad, mentirnos diciendo lo que es real.

Dicen que en la confesión de culpas lo esencial para obtener el perdón de ellas es la contrición, o siquiera, a falta de ella, la atrición. No, lo esencial es confesarlas, hacerlas públicas, decir la verdad. No resulta muy claro del relato evangélico (vid. Luc., XXIII, 39–41) si el malhechor que, estando crucificado junto a Jesús, reprendió al otro y confesó su culpa, por lo cual el Cristo le prometió el paraíso, estaba o no contrito. Declaró, es cierto, que merecía aquel castigo; pero puede un criminal declarar justo el castigo que se le inflige sin sentirse por ello arrepentido de su culpa; le habló a su compañero del temor de Dios, pero lo esencial es que confesó su culpa en voz alta. No mintió, ni de palabra ni de silencio.

Hay gentes que se escandalizan cuando se les habla del reinado de la absoluta verdad, de la verdad oportuna o inoportuna, y que se imaginan que entonces no se podría vivir en el mundo. Hablaba yo de esto con una dama muy inteligente, y le decía que así como el paganismo culminó en el desnudo del cuerpo, así el cristianismo debe culminar en el desnudo del alma, y me replicó: «¡Qué horror, Dios mío! Si no fuese por el traje, ¿cómo vivirían los jorobados, los lisiados, los estropeados, los desgalichados, todos los que tienen algo que ocultar?». Y yo le repliqué: «¡Mucho mejor que ahora, señora! El jorobado está peor vestido que desnudo; el traje no hace sino atormentarle la joroba, y hacernos suponer que es mayor de lo que en realidad es. Así que nuestros ojos se acostumbrasen al desnudo, comprenderíamos las deformidades corporales. Estoy seguro de que entre los salvajes que andan no más que con taparrabos pasan los jorobados más inadvertidos que entre nosotros». «Es que entre ellos apenas los hay», me contestó. Y yo: «No los hay porque andan desnudos». Y ella: «Porque los matan apenas nacen con joroba ». Y aunque así sea, vale más.

Oigo con frecuencia glosar el words, words, words shakespeariano, y decir que no nos hacen falta palabras, sino obras. Y esto lo dicen gentes que se llaman cristianas, y que debían saber que, según el cuarto Evangelio, en el principio era la palabra, y la palabra era hacia Dios, y Dios era la palabra, y que todas las cosas fueron hechas por la palabra, y sin ella no se hizo nada de lo que hecho está, y en ella, en la palabra, estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres (Juan, I, 1–5). Y eso lo dicen gentes que se dicen cristianas y que debían saber que cuando Jesús, en casa de Simón el Fariseo, perdonó a la pecadora, no ejecutó acción alguna, ni simbólica ni no simbólica; no hizo gesto alguno con la mano en el aire, ni le tocó siquiera con la mano como tocó al leproso al decirle: «Quiero, sé limpio» (Mat., VIII, 2–4), sino que le dijo sencillamente: «Los pecados te son perdonados, tu fe te ha salvado, ve en paz» (Luc., VII, 36–50). Le limpió de su pecado con su palabra, no más que con su palabra. Y dicen también los Evangelios que echaba los demonios de los hombres con la palabra (Mat., VIII, 16). Y es la palabra que nos hace falta: la que eche a los demonios.

Jesús no bautizó, no confirmó, no celebró misa, no casó, no ungió moribundos, sino que administró siempre el santo sacramento de la palabra. Y es que la palabra, cuando es palabra verdadera, cuando es palabra de verdad, y la suya, la de Jesús, era la palabra de verdad absoluta, hasta el punto de que era él la encarnación de su palabra; la palabra, cuando es palabra de verdad, es la fuerza creadora que eleva al hombre sobre la naturaleza inhumana y bruta. El hombre es hombre por la palabra.

«Nada de palabras; hechos ¡hechos!» —gritan los esclavos de la mentira, sin advertir que eso que llaman hechos no suelen ser sino palabras, y que la palabra es el hecho más fecundo. Llaman un hecho a una ley gacetada; y ¿qué es una ley gacetada sino una palabra escrita?

Hay otro pasaje evangélico de que resalta todo el poder cristiano de la palabra. Y es que cuando iba Jesús a curar al siervo del centurión le envió éste recado diciéndole que no se incomodase, pues no era digno de recibirle bajo el techo de su casa, sino que dijera una palabra y el siervo quedaría sano, porque él, el centurión, hombre de autoridad, decía a un soldado ¡ven!, y el soldado venía; decíale ¡vete!, y se iba. Oyendo Jesús lo cual se maravilló, y volviéndose a los que le seguían les dijo: «Os digo que ni aun en Israel he hallado tanta fe» (Luc., VII, 1–9). Y la fe del centurión, la fe por la cual consiguió la cura de su siervo, era la fe en la palabra, esta fe que está casi extinguida en Israel.

¡Palabras!, ¡palabras!, ¡palabras! Y ¿qué más quisiéramos que palabras, si fuesen palabras de verdad, de verdad oportuna o inoportuna? ¿Qué más quisiéramos que palabras, si esas palabras fuesen el pensamiento mismo del que las pronuncia, sea o no conforme a realidad ese pensamiento?

Más de una vez ha resonado en el salón de sesiones de nuestro Parlamento, en esa catedral de la Mentira, esta apestosa blasfemia: «¡Eso no puede decirse aquí!», o esta otra: «¡Eso no puede oírse con calma!». Y lo único que no debe decirse, ni allí ni en ninguna parte, es la mentira, y es la mentira lo único que no debe oírse con calma. Todo lo demás hay que decirlo allí y en todas partes, y allí y en todas partes oírlo con calma, y cuando es un error, una equivocación, replicarlo y rectificarlo también con calma.

Hoy mismo, 16 de diciembre, acabo de leer en la reseña que un diario hace de la sesión del Congreso, de anteayer, que al decir un diputado republicano que él y sus compañeros no eran católicos, se oyeron rumores, esos estúpidos rumores inarticulados que son la manera de expresarse las muchedumbres inconcientes. Y los más de los rumoreantes o rumorosos tampoco eran católicos, por la sencilla razón de que no lo son los más de nuestros diputados, incluyendo a los profesionales del catolicismo. Porque éstos podrán aparecer católicos en cuanto diputados, mas siempre cabe dudar de que lo sean en cuanto hombres. Hay muchos que no lo son sino en cuanto empleados, o periodistas, o criados, o hijos, o maridos, o padres. Periódico hay que se dice católico cuando le aprietan, y en que no hay un solo redactor que lo sea.

Aunque en rigor en España ser católico apenas quiere decir hoy otra cosa, para la gran mayoría, sino simplemente el no ser otra cosa. Es católico el que, habiendo sido bautizado, no abjura públicamente del que se supone, por ficción social, ser su credo, y no piensa en él ni poco ni mucho, ni para profesarlo ni para desecharlo y cobrar otro, o por lo menos buscarlo. Y en este horrible fangal de mentira y de cobardía se oye de vez en cuando: «¡Hechos! ¡Hechos! ¡Hechos! ¡Nada de palabras! ». Y el hecho supremo, el gran hecho, el hecho fecundo, el hecho redentor, sería que cada cual dijese su verdad. Sin más que eso, estábamos al otro lado de la sima que se nos abre ante los pies.

Y todavía hay miserables que, no atreviéndose a defender la mentira, la hedionda mentira, tratan de hacerla pasar por ilusión y nos hablan del poder de ésta y del alivio que se procura uno tratando de engañarse a sabiendas. No: el arte es lo que más lejos está de la mentira, y la mentira es lo más profundamente antiestético que existe. No: la mentira no es consuelo nunca, y la ilusión consoladora no es mentira.

Hay una frase horrible que se atribuye a Voltaire, y es aquella de que «si Dios no existiera, habría que inventarlo». Ese Dios así inventado, para engañarse o engañar a las gentes, no sería, no ya un No–Dios, sino un Anti–Dios, un demonio absoluto. Ese es el único demonio que existe, el Dios inventado por los que en lo íntimo de su corazón no creen en Él.

Y ¿qué es creer en Dios? —preguntarán aquí los Pilatos—. Y dejándome de la fe lógica, paralela a la verdad llamada lógica, y ateniéndome a la fe moral correspondiente a la verdad moral, les diré que creer en Dios es querer que Dios exista, anhelarlo con toda el alma. El que no pudiendo concebir con la inteligencia la esencia de Dios, considerando su idea una hipótesis que nada explica, y puros sofismas los que llaman pruebas de su existencia, desea, sin embargo, en su corazón que Dios exista y se acomoda a una conducta para con Él, dando personalidad al Ideal Supremo, cree en Dios mucho más que aquel otro que está convencido lógicamente de que existe un Dios, pero para nada lo tiene en cuenta, o sólo para justificar su culto a la mentira.

Un día me reprendía un celoso católico lo que él llamaba mi subjetivismo, y me decía que confundo a la fe con la imaginación. Y se empeñaba en hacerme comprender —repitiéndome argumentos de la más crasa vulgaridad, y que estoy harto de sabérmelos de memoria—, la diferencia que hay entre eso que él llamaba —apartándose en tal nomenclatura de los cánones de su escuela— fe subjetiva y la fe objetiva.

Y yo le dije con calma: —No se canse usted, amigo, en repetirme todas esas cosas; sé muy bien lo que usted quiere decirme. Y no se canse en argumentarme con silogismos y raciocinios formales. La fe de ustedes está muriendo ahogada en silogismo. El cáncer de su Iglesia de usted es el racionalismo, ese racionalismo contra el que no cesan ustedes de clamar. Han querido hacer de la religión una filosofía. Cada uno de esos hórridos y áridos sermones en que un jesuita la emprende con los corifeos de la impiedad moderna, empedrando su conferencia de «es así ques» y «luegos», y «queda, pues, evidentemente demostrado» y otras figuras lógicas por el estilo, cada uno de esos desdichados sermones es un nuevo golpe asestado a la verdadera fe. Y en ellas, en esas antirreligiosas conferencias, acostumbran a mentir descaradamente, atribuyendo a esos que llaman impíos cosas que nunca sostuvieron, o hablando de sus doctrinas, teniendo conciencia de no conocerlas sino por vagas referencias. Y esto último es mentir.

Ya sé —continué diciéndole— que usted en el fondo, y aunque ni siquiera lo sepa, es materialista, no porque usted crea que no hay sino materia, sino porque usted necesita que le prueben las cosas materialmente; necesita, como los judíos, señales para creer; necesita cojer la verdad con las dos manos, y con los pies y con la boca. Ya sé que usted se cree perdido si esas pruebas que de la existencia de Dios traen sus textos, resulta que no prueban nada de lo que tratan de probar. Y, sin embargo, amigo mío, yo no he leído en el Evangelio semejantes pruebas, ni he encontrado allí nada de esos horribles «es así ques» y «luegos » aristotélicos. Y en cuanto alguno de ustedes se encuentra con la mirada de la Esfinge y el taladro de la duda, de la santa duda, madre de la fe verdadera, empieza a labrarle el corazón, se vuelve de espaldas a la Esfinge, se sacude por procedimientos de mecánica espiritual la duda, y diciéndose: «ea, ¡más vale no pensar en ello!», se entrega a la mentira. Porque eso no es sino entregarse a la mentira.

Hay, amigo mío —seguí diciéndole—, quien estima que el suicidio es un crimen no tan grande, sino mucho mayor que el asesinato; que es más culpable ante Dios el que se mata a sí mismo que no el que mata a un prójimo. Hay quien sostiene, y no por ingeniosidad, aunque así lo parezca, que en el suicidio concurren todas las circunstancias agravantes del homicidio. No lo sé, ni me parece posible saberlo con certeza; pero sí creo que el mentirse a sí mismo es peor aún que mentir a los demás. Y hay gentes que viven en perpetua mentira íntima, tratando de acallar la verdad que del fondo del corazón les brota.

Un pobre amigo mío que pasó por una intensa crisis religiosa, fue una vez a confesarse, creyendo que hallaría, si no curación, alivio. Y me vino diciendo que el bueno del padre confesor le había dicho: «¿Te crees tú que a los demás no se nos ocurren esas dudas? ¡Deséchalas, no pienses en ellas!». Y yo le dije: «¡Acógelas, no pienses en otra cosa!». Y siguió contándome que el confesor le había dicho también que procurara distraerse, que se cuidase, que comiera bien, que durmiese mucho, y que si le apretaban mucho aquellas congojas espirituales, volviese a él, pero no olvidase tampoco consultar con el médico. Y yo le dije: «Ese horrible confesor no es más que un empedernido materialista». Mi amigo me hizo caso, y hoy halla más íntima paz, y más consuelo, y más fe en medio de sus congojas, inquietudes y desasosiegos, que las hallan otros en una abdicación de la verdad.
Me preguntó: «¿Cómo hallar la verdad?». Y le contesté: «¡Diciéndola siempre!». Y volvió a preguntarme: «¿Pero la verdad de fuera, la verdad objetiva, la verdad lógica, lo que es verdad?». Y le contesté: «¡Diciendo siempre y en cada caso, oportuna o inoportunamente, la verdad de dentro, la verdad subjetiva, la verdad moral, lo que crees ser verdad!».

Eso que llamamos realidad, verdad objetiva o lógica, no es sino el premio concedido a la sinceridad, a la veracidad. Para quien fuese absolutamente y siempre veraz y sincero, la Naturaleza no tendría secreto alguno. ¡Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios! Y la limpieza de corazón es la veracidad, y la verdad es Dios.

Se ha dicho miles de miles de veces que la mayor parte de las discusiones son discusiones por palabras, y que a las veces combaten los hombres por una misma causa, a la que dan diferentes nombres los diferentes luchadores. Y el hecho es más bien que las discusiones suelen ser discusiones de mentiras, y que por ellas combaten los hombres. En vez de decir: «Yo quiero esto, y lo quiero porque lo quiero, sin saber por qué lo quiero», o si lo sabe, decir con verdad por qué lo quiere, inventa el hombre una mentira para justificar su deseo, y pelea por su mentira. Y en los más de los casos no habría pelea si hubiera verdad. Hay gentes que dicen pelear no por el hecho, sino por el derecho; no por el huevo, sino por el fuero. Si quedara el huevo del hecho escueto y claro, no haría falta el fuero de derecho. Si uno me dice: «Te quito esto porque me pertenece a mí en virtud de que me lo diste o me lo prometiste o me lo quitaste», defenderé lo que creo mío, y llegaré a luchar con mi adversario, gritando: «¡No te lo di!», o «¡no te lo prometí!», o «¡no te lo quité!»; pero si me dice pura y sencillamente: «Te quito esto porque lo quiero para mí y tengo más fuerza que tú», me volveré a los demás, y diciéndoles: «Este hombre puede más que yo, y porque puede más que yo me quita esto que es mío», le dejaré que me lo quite.

Y no sirve decir que el hombre es torpemente egoísta y que defiende lo suyo con justicia o sin ella. No; el sentimiento de la justicia y el de la verdad tienen más hondas raíces que el del interés y el de la mentira.

Abrigo la fe de que todos, absolutamente todos los males que creemos son la causa de nuestras miserias, el egoísmo, el deseo de prepotencia, el ansia de gloria, el desprecio hacia los demás, todos desaparecerían si fuéramos veraces. Si el que parece despreciar a sus prójimos no recelara su desprecio y lo envolviera y lo falsificara, acabaríamos por ver todos, y entre todos él mismo, que era un contrasentido tal desprecio y que al despreciar a los demás se despreciaba a sí mismo. Considero que entre los ciudadanos más útiles a su patria y a sus semejantes todos, entre los más fecundos en bienes, están esos a los que se llama soberbios, que no ocultan la creencia en su propia superioridad y a quienes se les oye quejarse, en una u otra forma, cuando sus compatriotas no hacen de ellos el aprecio que ellos creen merecer. Una cosa es si un hombre cualquiera merece ese aprecio distintivo de que estos sujetos a que aludo se creen merecedores y si hay nunca tales superiores, y otra muy distinta el que haya quienes se encuentren en ese caso y no lo oculten hipócritamente. Podrán estar equivocados, pero no mienten.

Cuando, siendo yo congregante de la Congregación de San Luis Gonzaga, a mis catorce años, oí leer una vez, en la vida del santo, que éste, por haber sustraído un poquito de pólvora a los soldados de su padre para cargar con ella un cañoncito de juguete que tenía y por haber repetido, sin entenderla, cierta blasfemia que oyó a esos mismos soldados, se creía el más pecador de los hombres, este rasgo, lejos de edificarme, lo recuerdo bien, me desedificó; porque no pudiendo yo creer que hubiese quien por eso se creyera el más pecador, me pareció todo ello mentirse a sí mismo por darse importancia de pecador. Cierto es que nunca logró conmoverme, ni en los días de mi más fervoroso catolicismo juvenil, ese jesuita santo profesional, que parece, tal como nos le presentan —me complazco en creer que sería muy de otro modo—, un muñeco construido sobre los planos del perfecto modelo de la juventud jesuítica, del Grandison de la gazmoñería. Y no me extraña que un hombre tan serio, de espíritu tan sincero y tan hondamente religioso como Guillermo James, después de haber tratado de San Luis Gonzaga en su libro sobre las variedades de la experiencia religiosa (The varieties of religious experience... by William James, 1902), agregue que cuando la inteligencia, como en Luis, no es originalmente más grande que la cabeza de un alfiler (no larger than a pin’s head) y abriga ideas de Dios de una pequeñez correspondiente, el resultado, no obstante el heroísmo ejercitado, es en conjunto repulsivo.

Y ya me parece estar oyendo a algún devoto del santo: «¡Eso no puede decirse! ¡Eso no puede oírse con calma!». Y, sin embargo, eso, cuando se dice, como lo dice James y lo digo yo, sin ánimo de ofender a nadie, sino con ánimo de decir la verdad, debe decirse y deben oírlo con calma cuantos aman la verdad, créanlo o no exacto.

Es realmente repugnante eso que se oye a menudo cuando alguien serenamente, sin querer molestar ni herir a ninguno de sus prójimos, enuncia un parecer suyo que está en desacuerdo con el parecer del que le oye, y éste exclama: «¡Está usted hiriendo mis sentimientos!». En cambio ocurre a otros, a mí por lo menos, que quien hiere mi sentimiento de amor a la verdad es el que viene a querer corroborarme en lo que pienso sin pensar él como yo.

Ahí tenéis un sacerdote de la Iglesia que se dice única depositaria de la verdad cristiana: no tolera que delante de él se enuncien ciertas proposiciones heréticas; y si es en público, exclama que se está hiriendo sus sentimientos religiosos. Y a este mismo sacerdote le llaman a confesar a un incrédulo moribundo, y cuando él llega, el incrédulo ni ve, ni oye, ni entiende, o si ve, oye y entiende rehúsa confesarse, o si se confiesa, declara sus pecados, los que él tuvo por tales, pero no dice nada de su credo y su fe o declara que no son ni el credo ni la fe de la Iglesia; y el sacerdote, cuyos sentimientos religiosos se sienten heridos, diciendo serenamente la verdad, le absuelve, y luego se le hace un funeral y se le entierra en sagrado y se dice que murió en el seno de la Iglesia, añadiendo: «Si a última hora estos impíos, cuando ven la mala...». Y esta horrenda mentira de las conversiones de última hora, medra y se propaga que es una maldición. Si sólo se dijese la verdad, no se podría vivir. ¿Quién ha dicho esta blasfemia? ¿Quién es el menguado que sostiene y propala que quien se proponga ser verídico siempre se estrellará? ¿Qué es vivir? ¿Qué es estrellarse?

En todos los órdenes, la muerte es la mentira, y la verdad es la vida. Y si la verdad nos llevara a morir, vale más morir por verdad, morir de vida, que no vivir de mentira, vivir muriendo.

En el orden más íntimo, en el orden más entrañable, en el orden religioso, toda la miseria de esta pobre España, enfangada en toda clase de mentiras, es que se perpetúa una mentira: la mentira de que España sea católica. No; la España conciente, la de las clases dirigentes, la España de los que piensan y gobiernan, no es católica. No son católicos en su mayoría los que, haciendo pública confesión de serlo, escalan los altos puestos. Y mientras esa mentira no se borre, España no acabará de ser cristiana.

Esos rumores de los diputados rumorosos o rumoreantes, que estallan cuando otro diputado confiesa sencillamente que no comulga en la Iglesia oficial, esos rumores deben guardarse para cuando un diputado, un ministro, de quienes les consta que apenas cree ni en Dios ni en el diablo, salga haciendo pública confesión de ser sincero católico, cosa que sucede a menudo. Esos rumores deben quedar para cuando cualquier santón de la mentira parlamentaria, al hablar contra eso que llaman clericalismo, se crea obligado a hacer reservas; y para que no se le tome por anticatólico, siendo sencillamente no católico, agregar que él es hijo sumiso de la Iglesia.

Y no son en España católicos ni aun muchos de los que creen serlo y oyen misa todos los domingos y fiestas de guardar, comulgan una vez al año y comen de viernes por Cuaresma; porque los tales vuelven la espalda a la mirada de la Esfinge y no quieren pensar en el que dicen ser su credo.

El contentarse con la fe llamada implícita, a conciencia de que lo es y de que hay otra explícita; el atenerse al «creo lo que cree y enseña la Santa Madre Iglesia», apartándose de examinar lo que la Iglesia enseña y cree, por flojera o más bien por temor de ver que no hay tal fe, eso es la más grande de las mentiras.

Es que no todos podemos ser teólogos —me contestó un amigo a quien le dije esto—. Y yo le repliqué: los teólogos matan la fe. Y sobre todo, en medicina puede curarme la ciencia de mi médico, aunque yo no sepa ni hacia dónde me cae el hígado; pero en religión no puede salvarme la fe de mi confesor. En la vida del espíritu sólo mi verdad me salva, y mi verdad no es la verdad que desconozco, aunque sea ésta la verdad de los demás. Mientras yo no sepa qué quiere decir eso de que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo, y no sólo del Padre, y qué diferencia haya para la vida del espíritu de que sea una u otra cosa o no sea ninguna de las dos, ¿de qué me sirve oír cantar en la misa, con música de Palestrina y en latín, lo de qui ex Patre Filioque procedit? Lo que estorba daña, y estorba en el alma toda yerba que no da fruto, toda maleza infecunda, toda idea, o mejor, toda frase, que no responde a sentimiento alguno, toda palabra que no evoca un concepto caliente y luminoso.

Tú que dices ser hijo sumiso y fiel de la Iglesia Católica y creer todo lo que ella cree y enseña, ¿qué cosas que hoy haces no harías, o qué cosas que no haces hoy harías, si creyeras que el Espíritu Santo procede solamente del Padre y no del Padre y del Hijo, o si creyeras que no procede de ninguno de los dos? Eso, yo aquí te lo digo, no es creer nada.

Me hablas de la Iglesia como de la depositaria de las verdades de tu fe. Las verdades que no estén depositadas en tu alma no son verdades de tu fe, ni para nada te sirven. Tu fe es lo que tú crees teniendo conciencia de ello, y no lo que cree tu Iglesia. Y tu Iglesia misma no puede creer nada, porque no tiene conciencia personal. Es una institución social, no una fusión de almas.


Y bien, en resumen: ¿qué es verdad? Verdad es lo que se cree de todo corazón Y con toda el alma. ¿Y qué es creer algo de todo corazón y con toda el alma? Obrar conforme a ello.

Para obtener la verdad lo primero es creer en ella, en la verdad, con todo el corazón y toda el alma; y creer en la verdad con todo el corazón y toda el alma es decir lo que se cree ser verdad siempre y en todo caso, pero muy en especial cuando más inoportuno parezca decirlo.

Y la palabra es obra, la obra más íntima, la más creadora, la más divina de las obras. Cuando la palabra es palabra de verdad.

¡Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios! Decid vuestra verdad siempre, y Dios os dirá la suya. Y veréis a Dios y moriréis. Porque dicen también las Escrituras que quien ve a Dios se muere. Y es lo mejor que puede hacerse en un mundo de mentira: morirse de ver la Verdad.



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