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La profecía que se cumple a sí misma: colapso del sistema y simulación de pandemia

Martes, 16 de noviembre del 2021


Artículo de Fabio Vighi publicado el 16 de agosto del 2021 [*]

Año y medio después de la llegada del virus, puede que algunos hayan empezado a preguntarse por qué las élites dirigentes, de normal tan carentes de escrúpulos, decidieron parar en seco la máquina planetaria de producción de ganancia ante un patógeno que afecta casi exclusivamente a la población improductiva (mayores de ochenta años). ¿A qué venía todo aquel celo humanitario? ¿Cui bono? [¿A quién beneficia?] Únicamente aquellos que estén poco familiarizados con las asombrosas aventuras del capitalismo planetario pueden engañarse a sí mismos y creer que el sistema decidió echar la persiana por compasión. Digámoslo claramente desde el principio: a los grandes depredadores del petróleo, las armas y las vacunas la humanidad les importa un bledo.

Siga al dinero

En los meses previos a la pandemia, la economía mundial estaba al borde de otro colapso descomunal. He aquí una breve crónica de la presión que se estaba acumulando:

• Junio de 2019: En su Informe económico anual, el Banco de Pagos Internacionales (BPI), el «banco central de todos los bancos centrales», con sede en Suiza, hace sonar las alarmas internacionales. El documento destaca el «sobrecalentamiento […] en el mercado de préstamos apalancados», donde «los estándares crediticios se han deteriorado» y «las obligaciones de préstamos colateralizados (collateralized loan obligation) se han disparado, lo que recuerda el fuerte aumento de las obligaciones de deuda colateralizada [collateralized debt obligation] que amplificó la crisis de las hipotecas de alto riesgo [en 2008]». En pocas palabras, el vientre de la industria financiera vuelve a estar lleno de basura.

• 9 de agosto de 2019: El BPI publica un documento de trabajo en el que pide «medidas de política monetaria no convencionales» para «aislar la economía real de un mayor deterioro de las condiciones financieras». El documento indica que, ofreciendo «crédito directo a la economía» durante una crisis, los préstamos de los bancos centrales «pueden sustituir a los bancos comerciales en la provisión de crédito a las empresas».

• 15 de agosto de 2019: Blackrock, el fondo de inversión más poderoso del mundo (que gestiona alrededor de 7 billones de dólares en fondos de acciones y bonos), publica un libro blanco titulado Dealing with the next downturn («Cómo afrontar la próxima recesión»). En esencia, el documento consiste en las instrucciones que el fondo de inversión da a la Reserva Federal [nombre del banco central de Estados Unidos] para que inyecte liquidez directamente en el sistema financiero, para evitar así «una recesión dramática». Una vez más, el mensaje es inequívoco: «Se necesita una respuesta sin precedentes cuando la política monetaria se agota y la política fiscal por sí sola no es suficiente. Esa respuesta obligará probablemente a “ir directos”»: «encontrar la manera de que el dinero del banco central llegue directamente a las manos de quienes gastan en el sector público y privado», al tiempo que se evita la «hiperinflación. Los ejemplos incluyen la República de Weimar en la década de 1920, así como Argentina y Zimbabue más recientemente».

• 22-24 de agosto de 2019: Los dirigentes de los Bancos Centrales del G-7 se reúnen en Jackson Hole, Wyoming, para debatir el documento de Blackrock junto con las medidas urgentes para evitar el inminente colapso. En las premonitorias palabras de James Bullard, presidente de la Reserva Federal de San Luis: «Tenemos que dejar de pensar que el año que viene las cosas va a ser normales».

• 15-16 de septiembre de 2019: La recesión queda oficialmente inaugurada con un repunte súbito de los tipos de interés de los repos (del 2% al 10,5%). «Repo» es la abreviatura de «acuerdo de recompra» (repurchase agreement), un contrato en el que los fondos de inversión prestan dinero contra activos garantizados (normalmente valores del Tesoro). En el momento del intercambio, los operadores financieros (bancos) se comprometen a recomprar los activos a un precio más alto, normalmente al día siguiente. En resumen, los repos son préstamos garantizados a corto plazo. Son la principal fuente de financiación de los operadores en la mayoría de los mercados, especialmente en la galaxia de los derivados. Una falta de liquidez en el mercado de repos puede tener un devastador efecto dominó en los principales sectores financieros.

• 17 de septiembre de 2019: La Reserva Federal pone en marcha el programa monetario de emergencia, inyectando cientos de miles de millones de dólares a la semana en Wall Street, y ejecutando así el plan de «ir directos» de BlackRock. (No es de extrañar que en marzo de 2020 la Reserva Federal contrate a BlackRock para gestionar el paquete de rescate en respuesta a la «crisis del covid-19».)

• 19 de septiembre de 2019: Donald Trump firma la Orden Ejecutiva 13887, por la que se crea un Grupo de Trabajo Nacional para la Vacuna contra la Gripe, cuyo objetivo es desarrollar un «plan quinquenal nacional para promover el uso de tecnologías de fabricación de vacunas más ágiles y escalables y acelerar el desarrollo de vacunas que protejan contra muchos o todos los virus de la gripe», para así contrarrestar «una pandemia de gripe», que, «a diferencia de la gripe estacional, […] tiene el potencial de extenderse rápidamente por todo el mundo, infectar a un mayor número de personas y causar altas tasas de enfermedad y muerte en poblaciones que carecen de inmunidad previa». Como algunos adivinaron, la pandemia era inminente, mientras que en Europa también estaban en marcha los preparativos (véase este enlace y este otro).

• 18 de octubre de 2019: En Nueva York, se simula una pandemia zoonótica mundial durante el Evento 201, un ejercicio estratégico coordinado por el Centro de Bioseguridad Johns Hopkins y la Fundación Bill y Melinda Gates.

• 21-24 de enero de 2020: Se celebra la reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos (Suiza), en la que se habla tanto de economía como de vacunas.

• 23 de enero de 2020: China confina Wuhan y otras ciudades de la provincia de Hubei.

• 11 de marzo de 2020: El director general de la OMS califica el covid-19 de pandemia. El resto es historia.

Unir los puntos es un ejercicio bastante sencillo. Si lo hacemos, podríamos ver surgir un relato bastante claro, un rápido resumen del cual podría rezar tal que así: los confinamientos y la paralización mundial de las transacciones económicas tenían como objetivo: 1) permitir a la Reserva Federal inundar los maltrechos mercados financieros de dinero recién impreso a la vez que se aplazaba la hiperinflación; y 2) introducir programas de vacunación generalizada y pasaportes sanitarios como pilares de un régimen neofeudal de acumulación capitalista. Como vamos a ver, ambos objetivos se funden en uno solo.

En 2019, la economía mundial estaba aquejada de la misma enfermedad que había causado la crisis crediticia de 2008. Se asfixiaba bajo una montaña insostenible de deuda. Muchas empresas no podían generar suficientes beneficios para cubrir el pago de los intereses de sus propias deudas y se mantenían a flote únicamente mediante la concesión de nuevos préstamos. Por todas partes aparecían «empresas zombis»: empresas con baja rentabilidad interanual, caída de la facturación, márgenes reducidos, flujo de caja limitado y balance muy apalancado. Es en este frágil contexto económico donde hay que situar el colapso del mercado de repos de septiembre de 2019.

Cuando el aire está saturado de materiales inflamables, cualquier chispa puede provocar la explosión. Y en el mágico mundo de las finanzas todo está conectado: el aleteo de una mariposa en un determinado sector puede hacer que la totalidad del castillo de naipes se venga abajo. En los mercados financieros alimentados por préstamos baratos, cualquier aumento de los tipos de interés es potencialmente catastrófico para bancos, fondos de cobertura, fondos de pensiones y todo el mercado de bonos del Estado, porque el coste de los préstamos aumenta y la liquidez se seca. Es lo que ocurrió con el repocalipsis de septiembre de 2019: los tipos de interés se dispararon hasta el 10,5% en cuestión de horas, el pánico se desató afectando a los futuros, las opciones, las divisas y otros mercados en los que los operadores apuestan tomando prestado de los repos. La única manera de desactivar el contagio era insuflando toda la liquidez que hiciera falta en el sistema, como helicópteros arrojando millones de litros de agua sobre un incendio forestal. Entre septiembre de 2019 y marzo de 2020, la Reserva Federal inyectó más de 9 billones de dólares en el sistema bancario, lo que equivale a más del 40% del PIB estadounidense.

Por lo tanto, hay que darle la vuelta al relato dominante: el mercado de valores no se hundió (en marzo de 2020) porque hubiera que imponer confinamientos; más bien, hubo que imponer confinamientos porque los mercados financieros se estaban hundiendo. Con los confinamientos llegó la suspensión de las transacciones comerciales, lo que drenó la demanda de crédito y detuvo el contagio. En otras palabras, la reestructuración de la arquitectura financiera mediante una política monetaria extraordinaria estaba supeditada a que el motor de la economía se apagara. Si la enorme masa de liquidez que se estaba inyectando en el sector financiero hubiera llegado a las transacciones reales, se habría desencadenado un tsunami monetario de consecuencias catastróficas.

Como ha señalado la economista Ellen Brown, ha sido «otro rescate», pero esta vez «con la excusa de un virus». Del mismo modo, John Titus y Catherine Austin Fitts señalaron que la «varita mágica» del covid-19 ha permitido a la Reserva Federal ejecutar el plan de «ir directos» de Blackrock de manera literal: ha llevado a cabo una compra sin precedentes de bonos del Estado, y, aunque a una escala infinitamente más pequeña, ha emitido también «préstamos covid» para empresas respaldados por el Estado. En resumen, sólo un coma económico inducido daría a la Reserva Federal el margen necesario para desactivar la bomba de relojería que estaba a punto de estallar en el sector financiero. Resguardado tras la histeria colectiva, el banco central estadounidense pudo tapar los agujeros del mercado de préstamos interbancarios, esquivando tanto la hiperinflación como la vigilancia del Consejo de Supervisión de Estabilidad Financiera (la agencia federal para la supervisión del riesgo financiero creada tras el colapso de 2008), tal y como se comenta en este enlace. Sin embargo, el plan de «ir directos» también debe entenderse como una medida desesperada, ya que sólo puede prolongar la agonía de una economía mundial que está cada vez más secuestrada por la impresión de dinero y la inflación artificial de los activos financieros.

En el corazón de este atolladero hay un impasse estructural insuperable. La financiarización apalancada por deuda es la única línea de fuga del capitalismo contemporáneo, la inevitable vía de avance, y de huida, de un modelo reproductivo que ha alcanzado su límite histórico. Los capitales se dirigen a los mercados financieros porque la economía basada en el trabajo es cada vez menos rentable. ¿Cómo hemos llegado a esto?

La respuesta puede resumirse del siguiente modo: 1. El objetivo económico de generar plusvalor implica el impulso tanto a explotar fuerza de trabajo como a expulsarla de la producción. Es lo que Marx llamaba la «contradicción en proceso» del capitalismo [**]. Aunque constituye la esencia de nuestro modo de producción, esta contradicción resulta hoy en día contraproducente y ha convertido a la economía política en una forma de destrucción permanente. 2. La razón de este cambio de signo es el fracaso objetivo de la dialéctica trabajo-capital: la aceleración sin precedentes de la automatización tecnológica desde los años ochenta hace que se expulse de la producción más fuerza de trabajo de la que se (re)absorbe. La contracción del volumen de salarios hace que el poder adquisitivo de una parte creciente de la población mundial disminuya, siendo el endeudamiento y la pauperización las consecuencias inevitables. 3. Como se produce menos plusvalor, el capital busca rendimientos inmediatos en el sector financiero apalancado por deuda en lugar de hacerlo en la economía real o invirtiendo en sectores socialmente constructivos como la educación, la investigación y los servicios públicos.

La conclusión es que el cambio de paradigma que está en marcha es la condición necesaria para la (distópica) supervivencia del capitalismo, que ya no es capaz de reproducirse a través del trabajo asalariado de masas y la utopía consumista correspondiente. El guión de la pandemia ha sido dictado, en última instancia, por la implosión del sistema: la caída de la rentabilidad de un modo de producción al que la automatización desenfrenada está dejando obsoleto. Por esta razón inmanente, el capitalismo depende cada vez más de la deuda pública, los bajos salarios, la centralización de la riqueza y del poder, un estado de emergencia permanente y las acrobacias financieras.

Si «seguimos al dinero», veremos que la parálisis económica que se atribuye taimadamente al virus ha logrado resultados nada despreciables, no sólo en términos de ingeniería social, sino también de depredación financiera. Destacaré rápidamente cuatro de ellos:

1) Como se preveía, ha permitido a la Reserva Federal reorganizar el sector financiero creando de la nada un flujo continuo de miles de millones de dólares; 2) ha acelerado la extinción de las pequeñas y medianas empresas, permitiendo a los grandes grupos monopolizar los flujos comerciales; 3) ha hundido aún más los salarios de la mano de obra y ha facilitado un importante ahorro de capital mediante el «trabajo inteligente» (que es especialmente inteligente para quienes lo imponen); 4) ha permitido el crecimiento del comercio electrónico, la explosión de las grandes empresas tecnológicas y la proliferación del farmadólar, que incluye también la tan denostada industria del plástico, que ahora produce millones de nuevas mascarillas y guantes cada semana, muchos de los cuales acaban en los océanos (para alegría de los defensores del green new deal). Sólo en 2020, la riqueza de los cerca de 2.200 multimillonarios del planeta creció en 1,9 billones de dólares, un aumento sin precedentes en la historia. Todo ello gracias a un patógeno tan letal que, según datos oficiales, sólo el 99,8% de los infectados sobrevive (véase este enlace y este otro), la mayoría de ellos sin experimentar ningún síntoma.

Hacer capitalismo de otra manera

La trama económica de esta novela de intriga titulada «Covid» hay que ponerla en un contexto más amplio de transformación social. Si rascamos la superficie del relato oficial, empieza a tomar forma un escenario neofeudal. Masas de consumidores cada vez más improductivos están siendo disciplinados y desechados, simplemente porque el Señor Global ya no sabe qué hacer con ellos. Junto con los precarios y los excluidos, las clases medias empobrecidas son ahora un problema que hay que manejar con el palo de los confinamientos, los toques de queda, la vacunación generalizada, la propaganda y la militarización de la sociedad en lugar de con la zanahoria del trabajo, el consumo, la democracia participativa, los derechos sociales (sustituidos en el imaginario colectivo por los derechos civiles de las minorías) y las «merecidas vacaciones».

Por lo tanto, es ilusorio creer que el propósito de los confinamientos es terapéutico y humanitario. ¿Cuándo se ha preocupado el capital por la gente? La indiferencia y la misantropía son los rasgos típicos del capitalismo, cuya única pasión real es el beneficio y el poder que éste trae consigo. Hoy en día, el poder capitalista se puede resumir en los nombres de los tres fondos de inversión más grandes del mundo: BlackRock, Vanguard y State Street Global Advisor. Estos gigantes, situados en el centro de una inmensa galaxia de entidades financieras, gestionan una masa de valor cercana a la mitad del PIB mundial y son los principales accionistas de cerca del 90% de las empresas que cotizan en bolsa. A su alrededor gravitan instituciones transnacionales como el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, el Foro Económico Mundial, la Comisión Trilateral y el Banco de Pagos Internacionales, cuya función es coordinar el consenso dentro de la constelación financiera. Podemos suponer sin temor a equivocarnos que las decisiones estratégicas clave a nivel económico, político y militar están todas, como mínimo, muy influidas por estas élites. ¿O nos vamos a creer que el virus les ha cogido por sorpresa? Más bien, el SARS-CoV-2 (que, según admiten el CDC y la Comisión Europea, nunca ha sido aislado ni purificado) es el nombre de un arma especial de guerra psicológica que se ha desplegado en el momento de mayor necesidad.

¿Por qué deberíamos confiar en un megacártel farmacéutico (la OMS) que no se ocupa de la «salud pública», sino de vender en todo el mundo productos de empresas privadas a los precios más rentables que pueda? Los problemas de salud pública son resultado de las pésimas condiciones de trabajo, de la mala alimentación, de la contaminación del aire, el agua y los alimentos y, sobre todo, de la pobreza galopante; sin embargo, ninguno de estos «patógenos» figura en la lista de preocupaciones humanitarias de la OMS. Los inmensos conflictos de intereses entre los depredadores de la industria farmacéutica, las agencias médicas nacionales y supranacionales y los cínicos ejecutores políticos son ahora un secreto a voces. No es de extrañar que el día en que el covid-19 fue clasificado como pandemia, el Foro Económico Mundial, junto con la OMS, lanzara la Plataforma de Acción contra el Covid, una coalición para la «protección de la vida» dirigida por más de mil de las empresas privadas más poderosas del mundo.

A la camarilla que dirige la orquesta de la emergencia sanitaria lo único que le importa es alimentar la máquina de producción de ganancia, y todos los movimientos se planifican con este fin, con el apoyo de un frente político y mediático movido por el oportunismo. Si la industria militar necesita guerras, la industria farmacéutica necesita enfermedades. No es casualidad que la «salud pública» sea, con mucho, el sector más rentable de la economía mundial, hasta el punto de que las grandes farmacéuticas gastan en grupos de presión tres veces más que las petroleras y dos veces más que las tecnológicas. La demanda potencialmente interminable de vacunas y mejunjes genéticos experimentales ofrece a los cárteles farmacéuticos la perspectiva de flujos de ganancia casi ilimitados, especialmente cuando están garantizados por programas de vacunación generalizada subvencionados con dinero público (es decir, con más deuda que caerá sobre nuestras espaldas).

¿Por qué se han prohibido o saboteado criminalmente todos los tratamientos contra el covid? Como admite cándidamente la FDA, el uso de vacunas de emergencia sólo es posible si «no hay alternativas adecuadas, aprobadas y disponibles». Buen ejemplo de verdad oculta ante nuestras mismísimas narices. Además, la actual religión de las vacunas está estrechamente ligada al auge del farmadólar, que, alimentándose de pandemias, está llamado a emular las glorias del petrodólar y a permitir que Estados Unidos siga ejerciendo la supremacía monetaria mundial. ¿Por qué tiene la totalidad de la humanidad (¡niños incluidos!) que inyectarse unas «vacunas» experimentales con efectos adversos cada vez más preocupantes, pero sistemáticamente minimizados, cuando más del 99% de los infectados, la gran mayoría asintomáticos, se recuperan? La respuesta es obvia: porque las vacunas son el becerro de oro del tercer milenio, y la humanidad, material de explotación de «última generación» en modalidad conejillo de indias.

En este contexto, la puesta en escena de la farsa de la emergencia funciona gracias a una manipulación inaudita de la opinión pública. Cualquier «debate público» sobre la pandemia está descaradamente privatizado, o más bien monopolizado por la creencia religiosa en comités técnico-científicos financiados por las élites financieras. Todo «debate libre» se legitima mediante la adhesión a protocolos pseudocientíficos cuidadosamente purgados del contexto socioeconómico: se «sigue a la ciencia» mientras se finge no saber que «la ciencia sigue al dinero». La célebre afirmación de Karl Popper de que la «ciencia real» sólo es posible bajo la égida del capitalismo liberal en lo que él llamaba «la sociedad abierta» [***] se está haciendo realidad en la ideología globalista que promueve, entre otros, la Fundación Sociedad Abierta de George Soros. La combinación de «ciencia real» y «sociedad abierta e inclusiva» vuelve poco menos que imposible poner en cuestión la doctrina covid.

Así pues, para el covid-19 podríamos imaginar el siguiente guión. Se prepara un relato ficticio basado en un riesgo epidémico que se presenta de tal manera que promueva el miedo y el comportamiento sumiso. Lo más probable es que se trate de un caso de reclasificación diagnóstica. Lo único que se necesita es un virus de la gripe epidemiológicamente ambiguo sobre el que construir un relato agresivo de contagio que pueda ponerse en relación con zonas geográficas en las que el impacto de las enfermedades respiratorias o vasculares en la población de edad avanzada e inmunodeprimida sea elevado, quizás con el factor agravante de la gran contaminación. No hay que inventar mucho, puesto que las unidades de cuidados intensivos de los países «avanzados» ya se habían colapsado en los años previos a la llegada del covid, con picos de mortalidad para los que nadie había pensado en desenterrar las cuarentenas. En otras palabras, los sistemas de salud pública ya habían sido demolidos y, por tanto, preparados para el escenario de pandemia.

Pero esta vez hay método en la locura: se declara el estado de emergencia, lo que desencadena el pánico, provocando a su vez el atasco de hospitales y residencias (con alto riesgo de sepsis), la aplicación de protocolos abyectos y la suspensión de la asistencia médica. Et voilà, ¡el virus asesino se convierte en una profecía que se cumple a sí misma! La propaganda que se extiende rápidamente por los principales centros de poder financiero (especialmente Norteamérica y Europa) es esencial para mantener el «estado de excepción» (Carl Schmitt), que se acepta inmediatamente como la única forma posible de racionalidad política y existencial. Poblaciones enteras expuestas a un fuerte bombardeo mediático se rinden por autodisciplina, adhiriéndose con grotesco entusiasmo a formas de «responsabilidad cívica» en las que la coacción se transforma en altruismo.

Todo el guión de la pandemia —desde la «curva de contagios» hasta las «muertes por covid»— se basa en la prueba PCR, que se autorizó para la detección del SARS-CoV-2 a partir de un estudio elaborado en tiempo récord por encargo de la OMS. Como muchos sabrán a estas alturas, la falta de fiabilidad diagnóstica de la prueba PCR fue denunciada por su propio inventor, el premio Nobel Kary Mullis (desgraciadamente, fallecido el 7 de agosto de 2019), y reiterada recientemente, entre otros, por 22 expertos de prestigio internacional que exigieron su retirada por fallos científicos evidentes. Ni que decir tiene que la petición cayó en saco roto.

La prueba PCR es el motor de la pandemia. Funciona a través de los infames «umbrales de ciclo»: cuantos más ciclos se hagan, más falsos positivos (infecciones, muertes por covid) se producirán, como incluso el gurú Anthony Fauci reconoció imprudentemente cuando declaró que las muestras no tienen valor por encima de los 35 ciclos. Ahora bien, ¿por qué durante la pandemia se han aplicado de manera rutinaria amplificaciones de 35 ciclos o más en los laboratorios de todo el mundo? Hasta el New York Times —que ciertamente no es una guarida de peligrosos negacionistas— planteó esta cuestión clave el verano pasado. Gracias a la sensibilidad de la prueba diagnóstica, la pandemia puede abrirse y cerrarse como un grifo, lo que permite al régimen sanitario ejercer un control total sobre el «monstruo numerológico» de los casos y las muertes covid, instrumentos clave del terror cotidiano.

Esta producción de miedo continúa a día de hoy, a pesar de la flexibilización de algunas medidas. Para entender por qué, debemos volver al motivo económico. Como se ha señalado, los bancos centrales han creado de la nada varios billones de efectivo con unos pocos clics de ratón y los han inyectado en los sistemas financieros, donde en gran parte han permanecido. El objetivo de esta creación desenfrenada de dinero era tapar los catastróficos agujeros de liquidez. La mayor parte de este dinero procedente del «árbol mágico» sigue congelado en el sistema bancario en la sombra, en las bolsas de valores y en varios esquemas de moneda virtual que no están destinados a utilizarse para el gasto y la inversión. Su función es únicamente proporcionar préstamos baratos para la especulación financiera, lo que Marx llamaba «capital ficticio», que continúa expandiéndose en una órbita que es ya completamente independiente de los ciclos económicos reales.

La conclusión es que no se puede permitir que todo este efectivo inunde la economía real, ya que ésta se recalentaría y se desencadenaría una hiperinflación. Y aquí es donde el virus sigue siendo útil. Si al principio sirvió para «aislar la economía real» (por citar nuevamente el documento del BPI), ahora se utiliza para supervisar su reapertura provisional, caracterizada por la sumisión al dogma de la vacunación y al repertorio completo de métodos de disciplinamiento de masas, que pronto podrían incluir los confinamientos climáticos. ¿Recuerdan que nos dijeron que sólo las vacunas nos devolverían la «libertad»? Como era de esperar, ahora descubrimos que el camino hacia la libertad está plagado de «variantes», es decir, de copias del virus. El objetivo de estas variantes es aumentar el «número de casos» y, por lo tanto, prolongar los estados de emergencia que justifican la producción de dinero virtual por parte de los bancos centrales para monetizar la deuda y financiar los déficits. En lugar de volver a los tipos de interés normales, las élites prefieren normalizar la emergencia sanitaria alimentando el fantasma del contagio. Así pues, el tan publicitado tapering (reducción del estímulo monetario) puede esperar, al igual que la pandexit (salida de la pandemia).

En la Unión Europea, por ejemplo, el «programa de compras de emergencia para la pandemia» del Banco Central Europeo, de 1,85 billones de euros, conocido como PEPP, está previsto que continúe hasta marzo de 2022. Sin embargo, se ha insinuado que podría ser necesario ampliarlo más allá de esa fecha. Mientras tanto, la variante Delta está causando estragos en la industria de los viajes y el turismo, con nuevas restricciones (incluidas las cuarentenas) que interrumpen la temporada de verano. Una vez más, parece que estamos atrapados en una profecía que se cumple a sí misma (especialmente si, como el premio Nobel Luc Montagnier y otros muchos han sugerido, las variantes, por leves que sean, son consecuencia de las agresivas campañas de vacunación generalizada). Sea como fuere, lo fundamental es que el capitalismo senil, cuya única posibilidad de supervivencia depende de que sea capaz de producir un cambio de paradigma y pasar del liberalismo al autoritarismo oligárquico, sigue necesitando el virus.

Aunque su crimen está lejos de ser perfecto, a quienes han orquestado este golpe mundial hay que reconocerles una suerte de sádica genialidad. El truco de prestidigitación les ha salido bien, tal vez incluso más de lo que esperaban. Sin embargo, cualquier poder que aspire a la totalización está destinado a fracasar, y esto se aplica también a los sumos sacerdotes de la religión covid y a las marionetas institucionales que han movilizado para desplegar la operación de guerra psicológica de la emergencia sanitaria. Al fin y al cabo, el poder tiende a engañarse a sí mismo sobre su omnipotencia. Los que se sientan en la sala de control no se dan cuenta de cuán inseguro es su dominio. Lo que no ven es que su autoridad depende de un «designio más alto», para el cual están parcialmente ciegos, a saber: la autorreproducción anónima de la matriz capitalista. El poder actual reside en una máquina de producción de ganancia cuyo único propósito es continuar su temerario viaje, que podría conducir a la extinción prematura del Homo sapiens. Las élites que han embaucado al mundo para que obedezca al covid son la manifestación antropomórfica del autómata capitalista, cuya invisibilidad es tan astuta como la del propio virus. Y la novedad de nuestra época es que la «sociedad confinada» es el modelo que mejor garantiza la reproducibilidad de la máquina capitalista, independientemente de su distópico destino.

(Traducido del inglés por la Internacional Negativa)


NOTAS

[*] Fabio Vighi es profesor de Teoría Crítica e Italiano en la Universidad de Cardiff, Reino Unido. Entre sus trabajos recientes se encuentran Critical Theory and the Crisis of Contemporary Capitalism (Bloomsbury 2015, con Heiko Feldner) y Crisi di valore: Lacan, Marx e il crepuscolo della società del lavoro (Mimesis 2018). El artículo original, publicado en inglés el 16 de agosto de 2021, puede consultarse en el siguiente enlace: https://thephilosophicalsalon.com/a-self-fulfilling-prophecy-systemic-collapse-and-pandemic-simulation/. Como el lector podrá comprobar, nos hemos permitido añadir algunos enlaces en castellano en el cuerpo de texto allí donde había versión traducida del material citado por el autor, o allí donde nos ha parecido útil y oportuno para aclarar algunas de las referencias del artículo.

[**] Karl Marx, Elementos fundamentales para la crítica de la economía política. Borrador. 1857-1858. Grundrisse, vol. 2. Siglo XXI, Madrid, 1972, p. 229. Traducción de Pedro Scaron. [Damos la cita algo más completa, por venir muy a cuento de lo que está razonando aquí el prof. Vighi: «Tan pronto como el trabajo en su forma inmediata ha cesado de ser la gran fuente de la riqueza, el tiempo de trabajo deja, y tiene que dejar, de ser su medida, y por lo tanto el valor de cambio {deja de ser la medida} del valor de uso. […] Con ello se desploma la producción fundada en el valor de cambio […]. El capital mismo es la contradicción en proceso, {por el hecho de} que tiende a reducir a un mínimo el tiempo de trabajo, mientras que por otra parte pone al tiempo de trabajo como única medida y fuente de la riqueza», ib. pp. 228-229.]

[***] Karl Popper,La sociedad abierta y sus enemigos. Paidós, Barcelona, 2006. Traducción de Eduardo Loedel.

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