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La higuera que no da higos

Viernes, 23 de septiembre del 2022

Artículo de Pablo


Traigo aquí esta peripecia de Jesús que cuentan los evangelios, por si acaso nos es útil en esta situación trágica en la que estamos.

La fuente primaria que tenemos es la del evangelio de Marcos, en dos trocitos.

1) Mc 11,12-14:

12 Καὶ τῇ ἐπαύριον ἐξελθόντων αὐτῶν ἀπὸ Βηθανίας ἐπείνασεν. 13 καὶ ἰδὼν συκῆν ἀπὸ µακρόθεν ἔχουσαν φύλλα ἦλθεν εἰ ἄρα τι εὑρήσει ἐν αὐτῇ, καὶ ἐλθὼν ἐπ’ αὐτὴν οὐδὲν εὗρεν εἰ µὴ φύλλα· ὁ γὰρ καιρὸς οὐκ ἦν σύκων. 14 καὶ ἀποκριθεὶς εἶπεν αὐτῇ, Μηκέτι εἰς τὸν αἰῶνα ἐκ σοῦ µηδεὶς καρπὸν φάγοι. καὶ ἤκουον οἱ µαθηταὶ αὐτοῦ.

Y cuando al día siguiente se habían ido de Betania le entró hambre. Y al ver a lo lejos una higuera que tenía hojas, fue a ver si encontraba algo en ella, y al llegarse a ella no encontró nada, sólo hojas, porque no era el tiempo de los higos. Y respondiéndole le dijo: ¡Que nunca jamás nadie coma de tus frutos! Y los discípulos lo oían.

Lo chocante, claro, es lo de que Jesús se enfade y maldiga a la higuera que no tenía higos cuando no era el tiempo de ellos. Parece como un niño mimado que se enrabieta porque no le dan su capricho. Por otro lado, como también sabemos que las buenas palabras a veces son chocantes (o sea, hirientes para las cosas que creemos), parece que se le puede dejar a la cosa que nos dé vueltas por la cabeza sin descartarla así como así (como a una adivinanza), ni ponerle ningún fin o ninguna esplicación que nos la haga entendible. Sin embargo, parece que el evangelista no tuvo esa paciencia y cayó en la tentación de hacer la cosa más o menos entendible. Así que intentó cerrar la anécdota, ponerle fin, con un añadido desafortunado posterior. Hace esto: Pasado el tiempo -no se sabe cuánto- y después de haber estado Jesús en Jerusalén y echado a los mercaderes del tempo, etc., sin venir a cuento, añade el evangelista esto para poner fin a la cosa:

2) Mc 11,20-21:

20 Καὶ παραπορευόµενοι πρωῒ εἶδον τὴν συκῆν ἐξηραµµένην ἐκ ῥιζῶν. 21 καὶ ἀναµνησθεὶς ὁ Πέτρος λέγει αὐτῷ, Ῥαββί, ἴδε ἡ συκῆ ἣν κατηράσω ἐξήρανται.

Y, habiendo salido al alba, vieron que la higuera se había secado de raíz. Y entonces se acordó Pedro y le dijo: Rabí, mira la higuera que maldijiste, se ha secado.

Una de las maneras de darle un sentido a algo que no se lo ves, es hacer que esa palabra (que estaría ahora diciendo algo que pasa ahora), sea una predicción realista sobre el Futuro; que no nos hablara de algo que pasa ahora, sino de algo que habrá de pasar. El interés de la palabra, entonces, no es otro que Futuro. Solo se trata de que esperemos para ver su cumplimiento (o, quizá, su incumplimiento). Así, mientras esperamos, nos podemos desentender de esa palabra en relación a cualquier cosa que esté ahora pasando.

Esto es en lo que parece que cae el redactor de Marcos. El sentido de esa maldición es sólo que veamos cómo se cumple y que nos sirva para que recaiga ese portento sobre la persona de Jesús, ayudando al objetivo funesto que ha tenido eso de hacer de él el Hijo de Dios y Dios mismo.

Que es quizá el truco más grande del que tenemos noticia para intentar encerrar razón -que no es de nadie y vuela sin dueño- en un sarcófago divino, que es en lo que ha consistido eso del Cristianismo. El truco de coger a uno y meterle todas esas palabras incontrolables y portentosas como atributo suyo. En vez de demonizarlo -que sería un intento más bruto-, el truco fue todo lo contrario: divinizarlo. Hacerle Dios: "Claro, él hablaba así, porque era Dios mismo, pero yo, humilde humano, quedo disculpado de no ir así de claramente contra las trolas: tengo que ser realista; es mi condición no divina; mi condición mundana; mi condición real". Y, por cierto, que el propio Jesús parece revelarse contra ese intento de asimilación de sus palabras, tanto por elegir eso de hijo del hombre como un apodo de su gusto -en contestación y negación de la acusación de querer ser el hijo de Dios, como porque esplícitamente en los evangelios, más de una vez les advierte a los que le acompañan que no digan por ahí que él es eso del el Mesías.

Esto nos tiene que servir de advertencia de hasta qué punto la asimilación por parte del Poder de la voz rebelde es consustancial al Poder mismo. Si la fuerza bruta de censura, persecución y aniquilación de las voces disidentes fue y es una de las ocupaciones habituales del Régimen, vemos que mucha más refinada y eficaz es la asimilación de esas voces, hasta hacerlas, aparentemente, suyas. El ejemplo más esplendoroso que tenemos es, probablemente, el de los evangelios. ¿Cómo durante siglos y siglos ha sido el libro primero del Poder uno en el que se dicen cosas como no juzgarás (contra cualquier forma, por tanto, de Justicia), o lo de que no te ocupes por lo que has de comer o lo que has de vestir (contra la idea falsa de lo que se llaman las necesidades primarias, elemento central del dominio sobre las gentes), o lo de que mi prójimo y mi hermano y mi familia es más bien cualquiera, pero no eso de la familia de sangre que tanto gusta a los de arriba, o sea, al Dinero? ¿No parece que hubiera sido mejor para el Poder deshacerse de esas palabras? Pues no. Lo que hizo fue hacerse dueño de ellas para esplicárnoslas correctamente. Parece que eso es mucho más eficaz que intentar hacerlas desaparecer.

Pero el evangelista, en ese intento de demostrar el cumplimiento de la profecía de Jesús, se encuentra con un problema: que no lo puede hacer cabalmente, porque la profecía consistía en que nunca nadie más, por toda la eternidad, comiera de sus frutos. Para comprobar su cumplimiento tendría que esperar a que pasara toda la eternidad... Así que lo que decide es, en vez de eso, hacer que la higuera se seque, cosa que se podría cumplir un poco antes de que pasara la eternidad entera, y lo podrían ver sus discípulos y él lo podía contar en el relato.

Pero por fortuna, esta interpolación de Marcos secando la higuera para darle un sentido al cuento, la hace honradamente, podríamos decir. Porque la redacción que él manejara del cuento, quizá ya mutilada, parece que básicamente la conservara sin tocarla, aunque no la entendiera. Porque podría haber cambiando la maldición de Jesús, y decir en ella que la condenaba a secarse, pero no lo hizo.

Y además hay otro detalle importantísimo en el cuento que también lo ha debido de trasmitir fielmente Marcos, aún también sin entenderlo (como tampoco lo entienden las traducciones habituales que se hacen modernamente, que falsean ese detalle para evitar, una vez más, lo chocante que es). Se trata de esto:

Cuando Jesús maldice a la higuera, el cuento dice: "Y respondiéndole le dijo: ¡Que nunca jamás nadie coma de tus frutos!". Hay que entender, indudablemente, "respondiéndole a la higuera", porque lo garantiza el género femenino del complemento, αὐτῇ, porque en griego συκῆ [higuera], también es del género femenino.

Está claro que alguien sólo le puede responder a la higuera si antes la higuera le ha dicho algo a él. Pero eso de que las cosas hablen, parece que es algo, otra vez, demasiado chocante hasta para los evangelios, que están llenos de milagros y portentos, pero al parecer no podían llegar a tanto.

Que por otro lado es lo más normal para cualquiera de las gentes que llaman primitivas. Es de suponer que los redactores de los evangelios eran ya demasiado sabidos, modernos y realistas como para admitir lo que, por otra parte, la tradición popular hasta día de hoy trae en todo tipo de cuentos y cantos: que las cosas hablan.

Así que lo que se ve en las traducciones es que simplemente desaparece eso de "respondiéndole". Solo dicen: "Y Jesús le dijo" o "Y exhortándole a la higuera" o en alguna otra que por pudor de traductor no se atreven a quitar la palabra, la traducen peregrinamente por algo más bien imposible y que, si uno lo piensa bien, es todavía más rocambolesco: "Y tomando la palabra le dijo". ¿Y a quién le quitó la palabra para tomarla él?

Al propio Marcos esto de "respondiéndole" también le debía de parecer chocante. Pero, otra vez, parece que fue honrado a su fuente y no lo quitó, sino que nos lo trasmitió. Si bien, quizá añadiéndole algo de su invención para intentar hacer la escena más entendible. Y es esto lo que debió añadir: "Y los discípulos lo oían". Esa coletilla es bien rara y no aparece en otros sitios. Jesús es un hombre que va por ahí, sobre todo, hablando y dando contestaciones sorprendentes, mordaces, atrevidas, suversivas... Cuando se relatan estas peripecias nunca añaden los evangelistas que los discípulos lo oían. Se supone. Los discípulos y los que hubiera por allí. ¿Por qué ahora entonces se dice eso? Pues quizá por querer hacer menos sorprendente eso de que Jesús le respondiera a una higuera. Añade eso, quizá, como diciendo: "eso que le respondía a la higuera, era para que lo escucharan los discípulos, no es que Jesús hablara con los árboles."

Quizá ni merezca la pena mencionar el otro evangelio que trae esta peripecia, que es el de Mateo (21,18). Su fuente es ésta de Marcos, y ya decide borrar cualquier vestigio de cosa chocante en el relato, condenándolo a servir a la Fe (y no a ir contra ella). Pone todo el cuento seguido. Como se da cuenta de los problemas en Marcos con la maldición que le echa Jesús a la higuera, la cambia: la condena a no tener fruto nunca más. En la redacción que hace, en cuanto suena la maldición, la higuera se seca delante de todos, maravillando a los discípulos (o sea, queda el asunto convertido en un milagrito más. Un milagro, sin embargo, sin ningún sentido, en cuanto se piensa un poco). Y, por supuesto, lo de que Jesús le responde a la higuera, Mateo también lo hace desaparecer.

El redactor del evangelio de Lucas, bastante ordenadito y cuidadoso, decide no poner esta hazaña. Algo raro vería en ella. Pone, sin embargo, el atinado y hermoso ejemplo sobre otra higuera que no da frutos, ejemplo realista contra la toma de decisiones, que es la herramienta fundamental del Poder. Hoy es un eslogan permanente del Régimen: Tú decides. [Ayer mismo tuve que escuchar una canción modernita, en la que el argumento, cómo no, era que una chica le hacía recriminaciones a su novio. Muy ufana, le decía: "Yo decido cuándo lloro, cuándo sufro..." ¡Qué empoderamiento! ¡Sufrir cuando uno quiere! ¡Eso es mandar!].

Nosotros, que no nos parece tan escandaloso eso de que las cosas hablen, podemos entonces intentar revivir aquella conversación entre Jesús y la higuera. Lo que hay que decir, ante todo, es que la contestación o maldición de Jesús no sería, por tanto, porque la higuera no tuviera higos (que sí parecería algo pueril y caprichoso), sino una contestación a las palabras de la higuera. Palabra contra palabra. La palabra que va contra la palabra solo es una: "No".

Nos podemos imaginar el diálogo por ejemplo así, y sin mucha ansia de ser fieles a la tradición literaria, pero sí intentando guiarnos por el buen sentido:

- Amiga higuera, como me entró el hambre, me puse a buscar con la vista, y desde allá lejos te conocí por tus hojas. Y hasta aquí vengo, para que me des de tus higos.

- Amigo caminante, bien me pesa tu hambre y no poder saciártela con mis higos. Pero, ¿cómo voy yo a darte higos ahora, cuando cualquiera sabe que no es el tiempo de ellos? ¿Es que no sabes tú también la Ley?

- Ni sé si la sé o no, pero ni con el buen sentido ni conmigo rige. Es ahora que tengo hambre.

- Sigue tu camino, caminante. La Ley es la Ley, y no soy yo quién para incumplirla, por mucha hambre que tengas ahora. Vuelve cuando sea el tiempo permitido, y entonces te doy palabra de darte los higos para que comas de ellos.

- ¿Es que tendré yo hambre entonces?

- Yo eso no lo sé. No dispongo el orden de la cosas.

- No dispones en mi hambre, pero sí en tus higos, y ahora te los pido.

- Sería un escándalo. ¿Qué clase de higuera sería? Sería mi fin.

- ¡Tu fin y tu muerte la haces tú ahora, porque no hay ahora nadie por siempre jamás que coma tus higos!

Aunque la higuera pareció retemblar desde su verde meollo hasta sus hojas, nada más dijo. Siguiendo el camino, el maestro habló entre dientes, desengañado una vez más de su Fe:

- Por sus frutos acaso los conoceréis.

Y los discípulos, que iban detrás, lo oyeron musitar mientras meneaba la cabeza.

¡Cuántos silencios ensordecedores no estamos oyendo ahora! ¡Cuántas lenguas callan porque no es cuando toca, porque no estoy preparado, porque no soy especialista, porque es lo que hay, porque es algo que pasa en todo el mundo!

Pues resulta que no hay más sitio en el que hablar que ahora. No se puede hablar en el Futuro, ni se puede hablar cuando nos manden, porque entonces no es hablar. Ahora hay hambre de oír y hay tanto que decir que, quien escuche, no se saciará, sino que hablará también.

Pedir hablar es ya hablar.

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