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Informe oficial demuestra que los niños británicos son hasta 52 veces más propensos a morir después de una inyección contra el COVID

Lunes, 7 de febrero del 2022

Artículo en LifeSiteNews, 2 de Febrero del 2022.

Datos del Instituto Nacional de Estadística del Reino Unido muestran un pronunciado aumento de muertes entre los niños con una y dos inoculaciones frente a sus homólogos no inoculados.

LONDRES. — El Instituto Nacional de Estadística británico (ONS: Office for National Statistics) ha publicado unos datos que indican que los niños que han recibido las inoculaciones contra el COVID-19 han sufrido una tasa de mortalidad 52 veces más alta que la de sus homólogos no vacunados.

En diciembre la ONS publicó datos estandarizados por edad relativos a las tasas de mortalidad de individuos repartidos en categorías de 5 años de edad, agrupados por su estatus de “vacunación” para las inyecciones del COVID-19. Los datos cubren el período que va desde el 1 de enero hasta el 31 de octubre de 2021.

La ONS representó por medio de tablas las «Tasas de mortalidad estandarizadas por edad mensuales por grupo de edad y estatus de vacunación para muertes con COVID-19 implicado por 100.000 habitantes», pero sólo presentaba los datos para las edades superiores a los 18 años. Sin embargo, las inoculaciones están disponibles para niños a partir de los 12, y a esos niños les está permitido recibir la inyección aun contra la voluntad de sus padres. En algunos casos se les ha dado una dosis reducida de las inyecciones a niños a partir de los 5.

No obstante, según dio a conocer The Exposé, una tabla aparte que recoge las «muertes y años-persona en función de estatus vacunatorio» incluye grupos de edad de 5 en 5 años a partir de los 10 años. A partir de los datos publicados se puede hacer un cálculo de la tasa de mortalidad por cada 100.000 años-persona.

Aunque el cálculo por cada 100.000 habitantes es más sencillo, suele preferirse una tasa por cada 100.000 años-persona para representar mejor las tasas de mortalidad durante un período de tiempo dado, puesto que personas que estaban en un grupo de «vacunación» (como ‘no-vacunado’, ‘con una sola dosis’, ‘con dos dosis’) van pasando al siguiente grupo.

La tabla 9 del informe de la ONS muestra las «muertes y años-persona por estatus de vacunación y grupo de edad de 5 años» para el período completo, de diez meses. Según el informe, el grupo de los no vacunados de 10 a 14 años de edad equivale a 2.094.711 años-persona, y el conjunto de 15 a 19 años de edad, 1.587.072 años-persona para el mismo período.


A partir de dicha tabla se puede hacer el cálculo por 100.000 años-persona, del cual sale que el grupo más joven tiene 20,9 no vacunados por 100.000 años-persona (= 2.094.711 ÷ 100.000), mientras que el más adulto tiene 15,9 (= 1.587.072 ÷ 100.000). A partir de aquí se obtiene la tasa de mortalidad por 100.000 años-persona dividiendo el número de muertes en cada grupo por el cálculo de 100.000 años-persona.

El resultado es que para el grupo de 10 a 14 años, la mortalidad por cada 100.000 años-persona no vacunada es de 4,6 (= 96 ÷ 2.094.711 × 100.000), mientras que la tasa de mortalidad por cada 100.000 años-persona para el grupo de 15 a 19 es de 10,1 (= 160 ÷ 1.587.072 × 100.000).

Utilizando el mismo conjunto de datos y el mismo cálculo, la tasa de mortalidad de los individuos de 10 a 14 años que recibieron una dosis de la vacuna se sitúa en 45,1 por cada 100.000 años-persona (= 3 ÷ 6.648 × 100.000), mientras que los individuos de 15 a 19 años con una dosis sufrieron 18,3 muertes por cada 100.000 años-persona (= 32 ÷ 174.667 × 100.000).

Entre aquellos que recibieron dos dosis de las inyecciones contra el COVID en ambos grupos de edad, las tasas de mortalidad eran todavía más altas, con 32,9 muertes por cada 100.000 años-persona en el grupo de edad de 15 a 19 (= 4 ÷ 1.678 × 100.000), y la friolera de 238,4 muertes por cada 100.000 años-persona entre los individuos de 10 a 14 años en el Reino Unido (= 42 ÷ 127.842 × 100.000).

Los datos muestran un pronunciado aumento en muertes entre los niños que han recibido una y dos inoculaciones frente a sus homólogos no inoculados. Para los niños de entre 15 y 19 años de edad, el riesgo de muerte aumenta hasta casi el doble si reciben la primera inyección (10,1 vs. 18,3), y por encima de tres veces si reciben la segunda (10,1 vs. 32,9).

Los niños de entre 10 y 14 años, por su parte, corren un riesgo de morir casi diez veces superior después de la primera dosis (4,6 vs. 45,1), mientras que la segunda dosis les ocasiona un riesgo de morir 51,8 veces más alto que si no se hubiesen vacunado (4,6 vs. 238,4).

De media supone que los niños de entre 10 y 19 años de edad que han recibido al menos un pinchazo de las vacunas del COVID tuvieron un riesgo de morir 3,7 veces más alto entre enero y octubre del año pasado.

Además, según las cifras de la ONS correspondientes a la «media de muertes semanales por cada 5 años distribuidas por sexo y grupo de edad» entre el 2015 y el 2019 entre niños de 10 a 14 años de edad, las muertes registradas han ascendido un 44% por encima de la media en las cifras semanales proporcionadas por la ONS para el 2021.

El JCVI (J. Craig Venter Institute, Instituto J. Craig Venter), una consultora independiente para los programas de inmunización del gobierno británico, determinó en una declaración del 3 de setiembre que los «datos disponibles indican que los beneficios para la salud individual derivados de la vacuna del COVID-19 son pequeños en las edades comprendidas entre los 12 y los 15 años». Comunicó además que cualquier beneficio proporcionado por las inyecciones es sólo «marginalmente más alto que los daños conocidos potenciales», reconociendo al mismo tiempo que «hay una incertidumbre considerable en relación con la magnitud de los daños potenciales».

Dada la incertidumbre de los riesgos implicados en las inyecciones contra el COVID, el JCVI consideró que los beneficios eran «demasiado pequeños como para aconsejar un programa de vacunación universal para niños por lo demás sanos de entre 12 y 15 años de edad en este momento».

Más aún, los ensayos de las inyecciones del COVID nunca han proporcionado pruebas de que las vacunas impidan la infección o la trasmisión. Ni siquiera aseguran que reduzcan la hospitalización, sino que la medida del éxito reside en que prevengan síntomas severos de la enfermedad del COVID-19. En efecto, hay indicios poderosos de que los «vacunados» tienen la misma probabilidad de portar y trasmitir el virus que los no vacunados.

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