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Miguel de Unamuno hace una declaración sobre Sancho Panza

Por Miguel de Unamuno. Abril de 1905.

[...] Antes de terminar tengo que hacer una declaración: y es que todo cuanto aquí he dicho de Don Quijote se aplica a su fiel y nobilísimo escudero Sancho Panza, aun peor conocido y más calumniado que su amo y señor. Y esta desgracia que sobre la memoria del buen Sancho pesa, le viene ya desde Cervantes, que si no acabó de comprender a derechas a su Don Quijote, no empezó siquiera a comprender a su Sancho, y si fue con aquél malicioso algunas veces, fue con éste casi siempre injusto.

Una de las cosas, en efecto, que más saltan a los ojos cuando se lee el Quijote, es la incomprensión por parte de Cervantes del carácter y alma de Sancho, cuya excelsa heroicidad no concibió nunca su padre literario. A Sancho le calumnia y le maltrata sin razón ni motivo, se empeña en no ver claro los móviles de sus actos, y hay ocasiones en que se siente uno tentado a creer que, movido por esa incomprensión, altera la verdad de los hechos y le hace decir y hacer al buen escudero cosas que nunca pudo haber dicho y hecho, y que, por lo tanto, ni las dijo ni las hizo.

Y tal maña se dio el malicioso Cervantes para torcer las intenciones de Sancho y tergiversar sus propósitos, que ha caído sobre el noble escudero una fama inmerecida, de la que espero conseguiremos redimirle los quijotistas, que somos y debemos ser sanchopancistas a la vez.

Afortunadamente, como Cervantes no fue, según dije, sino en parte, y muy en parte, autor del Quijote, quedan en este libro inmortal todos los elementos necesarios para restablecer el verdadero Sancho y darle la fama que merece. Pues si Don Quijote estuvo enamorado de Dulcinea, no menos lo estuvo Sancho, con la circunstancia de que aquél salió de casa movido por el amor a la gloria, y Sancho por el amor a la paga; pero fue éste gustando la gloria, y acabó por ser, en el fondo, y aunque él mismo no lo creyera, uno de los hombres más desinteresados que haya conocido el mundo. Y cuando Don Quijote se moría cuerdo, curado de su locura de gloria, Sancho se había vuelto loco, loco de remate, loco por la gloria; y mientras aquél abominaba de los libros de caballerías, el buen escudero le pedía, con lágrimas en los ojos, que no se muriese, sino viviera para volver a salir a buscar aventuras por los caminos.

Y como Cervantes no se atrevió a matar a Sancho, ni menos a enterrarlo, suponen muchos que Sancho no murió, y hasta que es inmortal. Y el día menos pensado nos vamos a encontrar con la salida de Sancho, el cual, montado en Rocinante, que tampoco murió, y revestido con las armas de su amo, que para el caso se las arreglará el herrero del Toboso, se echará a los caminos a continuar las glorias de Don Quijote y a hacer triunfar de una vez el quijotismo sobre la tierra. Porque no nos quepa duda de que es Sancho, Sancho el bueno, Sancho el discreto, Sancho el sencillo; que es Sancho, el que se volvió loco junto al lecho en que su amo se moría cuerdo; que es Sancho, digo, el encargado por Dios para asentar definitivamente el quijotismo sobre la tierra. Así lo espero y deseo, y en ello y en Dios confío.

Y si algún lector de este ensayo dijera que todo esto no son sino ingeniosidades y paradojas, le diré que no entiende jota en achaques de quijotismo, y le repetiré lo que en cierta ocasión dijo Don Quijote a su escudero: como te conozco, Sancho, no hago caso de lo que dices.



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