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Helga: "No me da miedo el coronavirus"

Articulo en RND , por Imre Grimm.

Por qué Helga Witt-Kronshage(86 años) prefiere morirse antes que estar encerrada:

No hay visitas. No hay jardín. No hay sol. Durante cinco semanas Helga Witt-Kronshage apenas ha salido de su habitación en el asilo. Se supone que está protegida del coronavirus, pero nadie ha preguntado si ella quiere eso. El retrato de una mujer prusiana que quiere vivir y morir a su manera.

Lo peor -dice Helga Witt-Kronshage- no es la soledad total. No es la prohibición de ir con una silla de ruedas en el jardín donde brilla el sol de primavera. No es el silencio y el vacío en los pasillos y, ciertamente, no es el miedo a esta maldita enfermedad. Es el hecho de que nadie le ha preguntado.

Catorce metros cuadrados. Una cama. Una silla. Un televisor. Una mesita lateral. Éste es el reino de Helga en el sesto piso de un asilo de ancianos en Berlín-Wilmersdorf. Durante siete semanas no ha visto casi nada más. Tiene 86 años. Hace un año sufrió un derrame cerebral. Su lado derecho está completamente paralizado. Tiene dos prótesis en las caderas. No se le entiende bien al hablar. Está en el grupo de riesgo Covid-19, así que no se le permiten visitas. No se le permite salir. Desayuna, almuerza y cena sola en su habitación o en la cocina. Y cuando se sospechó que había una infectada de coronavirus entre las enfermeras, ni siquiera se le permitió salir al pasillo fuera de su habitación. En el sistema penal esto es aislamiento de castigo.

"Si esto sigue así, le dijo a su hija por teléfono, no lo voy a poder soportar."

"Es bueno que los hombres hagamos tantos esfuerzos para salvar vidas", dice su hija Uta Kronshage, una psicoterapeuta de Hannover. "Solo que, las personas para las que hacemos tanto esfuerzo en salvaralas, les hacemos con ello tanto daño, que no estoy segura si realmente lo quieran ellos mismos". Su madre, al menos, no quiere vivir así. Cada dos o tres semanas, ella misma o su hermana visitaban a su madre, y sus hermanos y hermanas mayores también venían. Eso ya se ha acabado.


"Esto no es protección. Esto es una tortura".

¿Aislar a los ancianos para que la rutina diaria de todos los demás pueda empezar a silbar de nuevo como una locomotora de vapor? Hay bastantes que essigen essactamente eso. La sociedad debería "apartar a las personas mayores de 65 años de la vida cotidiana", dice el alcalde de Tubinga, Boris Palmer (Verdes). Hay que "aislar el grupo de riesgo de los ancianos", dice también su homólogo de Düsseldorf Thomas Geisel (SPD). Llévatelo. Aíslalo. Eso no suena bien. Así es como hablan los cazadores. Y la canciller Angela Merkel también advierte: por el momento "sólo la distancia es la manera de cuidar".

¿Es así? ¿Incluso si no siente uno que le cuidan? Helga Witt-Kronshage lo ve muy diferente a la canciller. "Esto no es protección. Es una tortura".

Su problema para hablar ha empeorado. Apenas habla. ¿Con quién hablar? Acababa de conocer a unos compañeros de cuarto, le gustaba pasar el rato en el patio trasero. "Sé que no me queda mucho tiempo de vida", dice. "No es gran cosa. Pero nadie me ha preguntado si así es como quería pasar mis últimos años". El aislamiento cambia el cuerpo y el alma. La concentración disminuye, el rendimiento cognitivo disminuye. "Si tuviera Covid-19, ciertamente no querría que la ventilaran", dice su hija. "Pero si se estuviera muriendo, querría que alguien de la familia estuviera con ella y no estar sola."



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