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Salud Pública

Artículo de Virginia. 16 y 24 de febrero, 2021

Esto es un llamamiento a dejar de mentir.
Que es dejar de matar.
No se puede sacrificar la vida por salvar la vida.


No hay ninguna pandemia. No hay más pandemia que la fabricada por la declaración de pandemia, por la información sobre la pandemia, por la barahúnda de nuevas imposiciones establecidas a cuenta de la pandemia.

Creemos en la pandemia sólo por la televisión y demás medios de formación de masas.

Sólo por ellos: todos los casos de enfermos y de muertos que conozcamos de primera o segunda o tercera mano, todas las experiencias de médicos y enfermeros que conocemos nosotros o nuestros allegados, no prueban nada más que la imposición de la fe en el virus y el establecimiento de nuevas imposiciones y prohibiciones. Los médicos y enfermeros son personas normales que creen como los demás lo que les dice la tele e interpretan lo que ven a partir de ese conocimiento adquirido de los medios.

Si pasado mañana los medios dijeran que una tasa de incidencia acumulada de 100 casos por 100.000 habitantes es motivo para establecer confinamientos, toques de queda, prohibiciones de reunión y movimiento, lo creeríamos. Si dijeran lo contrario: que una tasa de incidencia acumulada de 100 casos por 100.000 habitantes es una cifra esperanzadora que muestra que se está venciendo al virus y que permite relajar las restricciones, también lo creeríamos.

Y si dijeran que había sido todo una equivocación, también lo creeríamos. Sobre todo si además dijeran que la equivocación ha sido promovida por intereses políticos y económicos.

Lo creeríamos. Porque ésa es nuestra fe. Lo que sabemos del mundo viene sólo de ahí, y ahí no hay más saber que el adoctrinamiento y la propaganda.

El virus se propaga por la tele (por la radio, por la prensa, por internet, por las conversaciones invadidas por el virus televisivo).

La organización anti-covid ha matado a la gente, ha matado a los viejos en las residencias, de maltrato y abandono, y eso lo sabemos todos, los creyentes en la tele y su virus y los más desconfiados en teles y virus. Ha matado en las residencias, en los hospitales y en las casas, y sigue matando, en todos los sentidos que queráis darle a la palabra ‘matar’.

Como la pandemia iba a ser tan mala y tan mortal, había que evitar ante todo la propagación: no la enfermedad y la muerte: evitar la enfermedad y la muerte concretas de los casos concretos era, y es todavía, secundario, por la siguiente lógica (que se desprende de todos los documentos oficiales): como el virus es tan malo, tan contagioso y tan mortal, si por evitar el contagio se pierde alguna vida, valdrá la pena, porque el contagio provocará siempre más casos y más muertes que los producidos por evitarlo. Se trata de sacrificar la vida y la salud presentes por el alto fin de evitar la enfermedad y la muerte futuras. Sacrificar la salud concreta del caso concreto que se tiene delante por salvar esa astracción que es la salud pública. Esta teoría y práctica pandémica, que no sé si en algún sitio estará dicha así de claramente, ha estado funcionando en todas partes, pero sobre todo en los hospitales y las residencias, regidos por protocolos basados en ese cálculo.

No vamos a decir que es mala táctica, no señor: antes al contrario, vamos a imaginarnos que es una táctica tremendamente eficaz, o —¿por qué no?— totalmente eficaz: se producirían entonces sólo las muertes necesarias para evitar el contagio. Podemos pués aplaudir a las autoridades sanitarias y sus compinches, en la sospecha de que eso es precisamente lo que ha pasado: que los muertos producidos por la pandemia son precisamente los sacrificados a la causa de la salud pública y no otros.

¿Qué estamos dispuestos a sacrificar para evitar el mal mayor de la propagación de una enfermedad muy mala y muy contagiosa y muy mortal? El respirar libremente, por ejemplo. El moverse y tratarse libre y tranquilamente. La libertad sin más. Los medios de vida de mucha gente. La salud y la vida de todos los que los sistemas de salud han decidido no atender porque la pandemia era prioritaria (era prioritaria porque si no produciría muchas más muertes que las producidas por hacerla prioritaria). La salud de los que han desarrollado dolencias debidas a las medidas anti-covid. Hasta aquí digo sólo verdades oficiales, conocidas por todos y aceptadas por una gran mayoría con una frialdad y un fervor espeluznantes. La pandemia es tan mala que tenemos que hacer todos esos sacrificios porque si no sería peor. Voy a seguir con cosas oficiales no conocidas por todos porque no se han dicho tan claramente. Los protocolos de los hospitales consisten en tratar a los pacientes lo mínimo posible y con el personal mínimo por evitar los contagios; consisten también en hacer tratamientos más agresivos y descartar tratamientos que lo son menos por evitar los contagios. En estas órdenes está implícito que no se va a dar a los enfermos el mejor tratamiento posible, que no se va a intentar curarlos o salvarlos ante todo, porque curarlos o salvarlos es secundario con respecto al fin más alto de evitar la propagación. Algunos cuya vida se podría salvar en condiciones normales no pueden salvarse por evitar la propagación. Está implícito, pues, que hay que sacrificar algunas vidas por salvar otras.

Hay un detalle que hasta ahora me he saltado por hacer más fácil el razonamiento. Ahora que, creo, se ha entendido la frialdad de la táctica de sacrificar la vida y las vidas concretas en el altar astracto de la salud pública debido a lo mala, lo contagiosa y lo mortal que es la pandemia, queda ya sólo añadir que este sacrificio no se hacía por lo mala, lo contagiosa y lo mortal que es la pandemia, sino sólo por si acaso la pandemia era tan mala, tan contagiosa y tan mortal. He tenido que dejarlo para el final porque si no nos habría costado demasiado seguir la lógica pandémica: pero ahora ya estamos preparados para seguir el razonamiento: vale la pena sacrificar unas cuantas vidas y la vida en general por si acaso la pandemia fuera tan grave que mereciera la pena hacer tal sacrificio.

Esto, según los datos e informes oficiales. Ya sabéis por otro lado que hay muchos que niegan que sea tan grave. Los llaman negacionistas. ¿De qué? De algo que al parecer oficialmente nunca se ha afirmado.



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