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La hipoteca

Jueves, 30 de junio del 2022

Cuento de Virginia


  Érase una vez un hombre que se hizo una hipoteca en un banco para comprarse una casa que todavía estaba por hacer. Firmó un contrato con el banco en el que estaba acordada la cantidad del préstamo y la de los intereses, con todos sus detalles, y otro contrato con la constructora con el precio de la casa, las fechas de la construcción y entrega de llaves y todo lo demás.
  Desde el primer cobro, el banco le fue cambiando sin avisar las condiciones, tanto de la cantidad del préstamo como de los intereses, y también del reparto de los pagos en el tiempo. La constructora, por su parte, que formaba consorcio con el banco, también fue cambiando una y otra vez las condiciones: el precio de la casa, el momento en el que empezarían las obras y acabarían, el diseño de cada vivienda y de todo el barrio de viviendas que estaba planeado construir. Todos los cambios eran para perjuicio del hombre: más precio, más intereses, más tiempo pagando, retraso en la construcción, peor calidad de la vivienda y del barrio, etc.
  Al principio se adujeron algunos problemas administrativos, informáticos y legales y a los afectados se les pidieron disculpas y paciencia. Al ver que las irregularidades persistían y los cambios eran a peor, nuestro hombre pensó en romper su contrato, pero no había posibilidad de que le devolvieran lo ya pagado, y le pareció que, dado que ya se había gastado un dinero, le convenía más esperar para no haberlo gastado en balde.
  Los cambios fueron después mayores: se aducía una gran crisis económica internacional. Además de grandes subidas de intereses, a nuestro hombre le cambiaron el piso que había elegido: ya no tendría tres habitaciones sino dos, ni sería un tercero sino un bajo, sería interior en vez de exterior y no tendría calefacción.
  El hombre volvió a pensar que podía romper el contrato, pero había pagado ya bastante más que la primera vez que se lo había planteado, y perder todo ese dinero sería una tontería muy grande. Así que tomó la vía intermedia de asociarse con otros afectados y reclamar al banco y la constructora una solución realista.
  El banco volvió a cambiar las condiciones de la hipoteca y a subir los intereses; la constructora volvió a subir el precio y cambió el lugar en el que se iban a construir los pisos a un sitio sin carreteras 50 km. más lejos de la ciudad. El hombre volvió a pensar que era un abuso pero también que había pagado ya tanto y aguantado tantas cosas que no podía ahora perderlo todo echándose atrás. Su piso llegaría tarde o temprano, y además había trabajado mucho también en la asociación, y no podía mandarlo todo ahora al garete. Así que hizo economías para poder seguir pagando y redobló sus esfuerzos en la asociación.
  Poco después se admitió por ley que los bancos y constructoras pudieran cambiar los precios y las condiciones de los contratos como les viniera bien debido a la crisis; la misma ley establecía también que a los hipotecados que no pagaran algún plazo se les confiscaría inmediatamente la parte correspondiente de sus bienes; si no tenían bienes suficientes, perderían el piso pero conservarían la deuda; estas confiscaciones se repetirían hasta acabar con todos los bienes del deudor, que seguiría después endeudado (y se dijo que estaba prevista también una próxima reforma que podría penar a los deudores con cárcel o con trabajos compensatorios para el banco y la constructora); no se admitía ya romper el contrato y perder lo hasta entonces invertido; el banco y la constructora sí podían, debido a la crisis, romper el contrato sin previo aviso y sin compensación alguna. Además, la constructora no podía ya garantizar que los pisos fueran a construirse nunca.
  Los motivos para dejar de pagar habían aumentado, pero también los inconvenientes, así que nuestro hombre lo habría tenido difícil para decidir qué hacer si se hubiera planteado otra vez la cuestión. Pero no llegó a hacerlo, porque por otra parte en los últimos meses se había hecho una gran campaña de concienciación y solidaridad de la población con la situación de crisis de los bancos y las constructoras, con todos sus empleados y directivos y su importancia para el sostenimiento de la nación y la salida de la crisis, campaña que incluía la insinuación cada vez más clara de que la actual situación de enorme peligro de quiebra nacional e internacional se debía a la irresponsabilidad de algunos hipotecados, que no habían pagado sus letras en su momento, o incluso habían dejado de pagarlas totalmente. Las labores de la asociación de afectados a la que pertenecía nuestro hombre empezaron a estar muy mal vistas, primero como cosa de algunos insolidarios preocupados sólo por su propio interés; después casi como actos criminales de locos o malvados a los que no les importaba que hubiera niños sin casa o pasando hambre debido al precio de la vivienda, las subidas de los intereses y las draconianas condiciones de los contratos. Un compañero de la asociación dijo: “¡Pero si precisamente es contra esas condiciones contra lo que estábamos trabajando en la asociación!” Y todos lo miraron como si acabara de decir que le parecía bien que hubiera niños que estaban pasando hambre: “No lo entiendes —le dijo nuestro hombre, que tenía muy buen carácter y fue el único que se dignó a contestarle—: esas condiciones tienen que estar: son las únicas que pueden salvarnos de esas condiciones”.



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