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Reiner Fuellmich habla sobre el plan para asesinar paulatina y masivamente a la gente con la vacuna

Jueves, 3 de febrero del 2022





Espeluznante declaración de asesinato masivo planificado ejecutado por el Régimen contra la gente. Nos parece una declaración atinada y difícil de negar. En el análisis político del asunto, sin embargo, nos parece que el amigo Fuellmich se equivoca no poco: Pica con lo de la nefasta teoría de "las élites", de los "sicópatas que nos gobiernan", etc.

No es que, por ejemplo, los tres mil más ricos del mundo no sean unos hijos de puta y unos asesinos. Ni que a los que nos gobiernan o a los que dirigen los medios de comunicación no se les pueda decir "sicópatas". No es eso. Eso, pues se puede decir, pero no vale para nada. Porque ni los tres mil más ricos del mundo pintan absolutamente nada, ni los sicópatas lo son por cuenta propia, ni nada de lo que hacen lo hacen por ser sicópatas, sino por pura obediencia.

Algo como lo que está pasando, para quien no se haya enterado, es de tal gravedad y novedad, que solo se puede atacar yendo a la raíz o, quizá mejor dicho, yendo a lo de más arriba. Caiga quien caiga. Y eso de más arriba es el Dinero, que es el que hace esto. El ataque tiene que dirigirse hacia ahí. Cuando no se hace ese ataque, se defiende la cosa. Muy a pesar de las buenas intenciones y de las ganas de acabar con las mentiras y la tiranía.

Pero ¿quién dice -lo que por otro lado lo entiende cualquiera- que es el propio Dinero el que hace esto y que, por tanto, es lo que hay que atacar hasta acabar con él? Se oye poco. Se oye más hablar de las élites. Pero hay que fijarse que cualquier pelele de las élites es sustituible en un segundo. Y si tomamos, p.ej., a los 200.000 peleles que están más arriba en la piramide del Dinero, pues también se pueden sustituir en un segundo, sin que el Régimen se resienta en lo más mínimo: Hay millones y millones de muchachos formándose y aspirando con todas sus fuerzas a que de arriba les den uno de los puestecitos -escasos siempre-, y millones y millones de muchachos que ya les han dado su puestecito, que lo que aspiran es a seguir en él y, sobre todo, a crecer, a subir, a trabajar por la Felicidad. Es lo que se llama tener Futuro.

¿Y quiénes son esos millones de muchachos o señores con Futuro, preparados para seguir ocupando los sitios de los líderes en caso de que estos caigan en desgracia? Ah, pues, muy fácil: Nuestros padres, nuestros hijos, nosotros mismos... Los fieles a la Fe del Señor; a la Fe del Dinero.

Pero, entonces, tenemos que luchar... ¿Contra quién? ¿Contra nosotros mismos? ¿Ir contra todo lo que hemos trabajado y aguantado para estar donde estamos? ¿No habrá otra forma? ¿No me puedo salvar? Pues... no, no te puedes salvar. El que se quiera salvar, ése se perderá.

Ésta es la guerra y éste es el enemigo: el que se quiere salvar. No se trata de ninguna "sicosis de masas", ni ningún "hipnotismo general". No hay otro hipnotismo más que algo tan sagrado como nuestro Futuro. A él nos han amaestrado a agarrarnos. En él creemos. ¿Para qué os creías que servían tantos esfuerzos y preparaciones y sacrificios, tanta responsabilidad, tanta formación, tanto empeño, tanto creer en nosotros mismos, tanta costrucción de una personalidad segura de sí misma, tanta terapia, tanto empoderarse? ¡Pues para esto, hombre, para esto! Para que luego ya estés tan colocadito y feliz y pleno (otra palabra estrella del Régimen: Plenitud, que no es más que eufemismo de Muerte) que ya no puedas decir nada, porque ya sabes que perderías el sitio adonde has llegado si te echaras a hablar contra las trolas. Por eso no hablan las personas. Porque si cae el Dinero (que caerá), caen ellas.

Así que es normal que los intentos de análisis que se escuchan por ahí, no puedan comprender esto de que tantas personas estén calladas ante las trolas más burdas y sangrientas que les echan a la cara, y en las que les hacen participar todos los días, en los trabajos y en las familias. No lo comprenden, y quieren buscar para esplicárselo algún tipo de enfermedad o deformación en la persona. Buscan eso porque no se dan cuenta de que la persona está ella misma hecha de Dinero: la persona (con su Futuro) está creada por el Dinero y depende de él. Así que de ahí no se espere que salga una voz en contra. No es que estén hipnotizadas o sicotizadas. Las personas están perfectamente. El Dinero endurece su doctrina y sus órdenes, y la persona -solidariamente con su Señor- hace lo mismo. Son de una gran cordura. La terrible cordura del idiota, claro.

La gracia, por supuesto, está en lo que hay por debajo de la persona: que ni tiene Futuro, ni lo necesita para nada. Es lo que siempre, con peligrosa palabra, se puede llamar vida. Lo que vive ahora (que nadie sabe lo que es). Lo que está hablando ahora. Lo que no se acaba de creer el Futuro. Lo que no necesita ninguna Fe, porque ya ahora está viviendo. Lo que se ríe de que ahora tenga que tomar ninguna pócima o tomar precauciones o disciplinas de vida saludable para poder vivir en el Futuro... ¡Como si en el Futuro se pudiera vivir!

Pues ésa esa la guerra. Ése es el enemigo. Lo de arriba. El Futuro (que es la muerte). El Dinero... Y lo de las las élites... pues nada, unos pobres mandaos que no pueden mover ni un solo dedo contra su Señor. Son de poco interés. Y despistan muchísimo para hablar bien. El Señor se va de rositas si hablamos de esos mequetrefes.

El enemigo está bien cerca (contra lo que dice Fuellmich). Está por doquiera rigiéndonos. Está por fuera y también por dentro, no hay mucha distinción que hacer. Pero, en cualquier caso, está tan cercano como lo está nuestra propia persona, hecha a imagen y semejanza del Señor. Por eso, desde aquí arremetemos también contra eso de las personas despiertas y las dormidas y cosas así. Porque decir: "Yo no me creo las mentiras" (que se supone que a eso es a lo que llaman estar despierto) es un brindis al sol. Un brindis inútil. Porque porque digamos eso, no nos libramos de las mentiras que nos creemos y con las que cargamos. Al revés, parece justo una declaración de engreimiento que nos va a impedir quizá deshacernos de esas mentiras que nos amarran. Así que vamos despacito, porque las mentiras precisamente la fuerza que tienen es ésa: que nos las creemos (si no, no serían de temer, ni serían siquiera mentiras). Vamos mejor hablando, a ver si las atacamos de verdad (a las mentiras) . O sea, a ver si atacamos a nuestra persona, engreída siempre, de verdad.

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