Contra el Encierro
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A la espera ¿de qué?

Miércoles, 23 de septiembre del 2020



Desde el inicio de todo esto, lo que han venido y vienen llamando “establecimiento de medidas sanitarias para salvar vidas” ha sido y es, única y esclusivamente, con violencia y prepotencia, aislar, separar y callar a la gente.

Si alguien todavía no ve esto..., mejor no decir lo que pienso porque hay veces que todavía no se atreve uno a hablar así como así aunque no sepa muy bien por qué; quizá por no centrar la polémica en si se es o no educado, respetuoso y cosas así; pero, vamos, que si alguien a estas alturas no ve esto claro clarísimo, lo mismo le viene bien ponerse gafas y, si ya las lleva puestas, quizá deba aumentar la lupa, no sé.

No hay ni una sola cosa que hayan mandado hacer que no vaya en esta dirección: encerrarnos, mantener la llamada “distancia social” y, si acaso, según la legislación cambiante a cada minuto, juntarse poca gente y bien tasada; saludos robotizados y mandados como se le manda al perro cuando se le amaestra (del beso al codazo, del codazo a la inclinación de cabeza ocultando y acallando al corazón, que el corazón no se entere, que no grite de pena -¡ay, corazón!); considerar cada cual al otro como presunto asesino de uno mismo y, más aún si cabe, entre los más cercanos (hijos, nietos, padres, amigos) y justamente por eso: porque se quieren tanto que no pueden querer matarse entre ellos, no pueden querer ser resposables de la muerte de uno de ellos. Y en cuanto a que no se hable, ¿hay alguna duda?: no sólo nos han separado (que separados, malamente vamos a hablar) y censuran cualquier voz en contra sino que, no conformándose con todo eso, nos han tapado las bocas con mortales trapos y, ahora ya, por si no obedecía alguien al mandato o por si no quedaba bastante claro, dicen que lo que sí que salva vidas es no hablar, estar callado, ¡hala!, así, sin disimulo (si es que disimulan algo, que yo creo que no, que no les hace falta, que se obedece a lo que mandan con todo descaro: descaro en el mandar y descaro en el obedecer).

Y yo me pregunto: ¿qué tendrán que ver todas estas “medidas sanitarias para salvar vidas” con aquello que quizá podíamos entender por ser saludable? Porque lo de saludable (sin saber qué es por no saber qué es eso de la salud), parece que sería todo lo contrario: respirar, andar, jugar, perderse, vagar, darle a uno el sol, la lluvia, el viento (todo ello contrario al encierro), estar la gente junta (tanto de día como de noche, ¿qué tendrá la noche que no les gusta nada de nada? Algo tendrá, algo), acariciarse, chupirretearse, besarse, tocarse, abrazarse (contrario al “distanciamiento social” o, como dicen ahora, “distancia sanitaria”), doler la tripa, estornudar, estar pachucho, costiparse, vomitar (nada que ver con la profilaxis impuesta), dormir y comer bien (que, con la que tenemos encima, imposible), hablar, discutir, reír, cantar (incompatible con callar y llevar bozal), quererse “de verdá” (inviable al creer que el otro es mi enemigo, que me puede matar). En definitiva: lo saludable parece que sería eso de vivir y, sin embargo, nos dicen que para “salvar vidas” está prohibido vivir, que hay que someterse a esta muerte que nos están dando. Porque lo que nos están haciendo mata: mata de rabia, de impotencia, de asco, de tristeza...

... Y, hasta los más creyentes en el discurso oficial de terror y muerte, también ellos viven -y quizá hasta más- esta muerte obligatoria no sólo por el miedo y decidida sumisión a la que están sometidos sino por tener que estar haciendo como que así tiene que ser “por nuestro bien”, por tener que estar haciendo como que también se puede vivir así y tener que andar buscándole su parte buena, por tener que estar tomando pastillas para soportarlo, por tener que apoyar la barbarie obligándose (o sin obligarse) a tener fe en bichos, en números y en que Ellos miran por nosotros; pero, eso sí: hasta el más acérrimo creyente siempre está a la espera; a la espera ¿de qué?, ¿de una vacuna?, ¿de que acabe todo esto?, ¿de que declaren que ha terminado?, pero ¿qué es esto?, ¿qué tiene que terminar? Pues ya se ve: la gran mentira. Y una mentira acaba cuando se le dice que no, que es mentira.

Y Ellos dicen que “esto ha venido para quedarse”. Lo que pasa es que la gran alegría es que es mentira esto también: no, no se sabe, no lo saben.

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