Agustín García Calvo

Ateneo de Madrid

Tertulia política nº 277

13 de abril de 2011

 

 

Seguimos por tanto luchando contra este error, muy divulgado, y que todos padecéis más o menos como yo, que consiste en la pretensión de cuidar, arreglar, ordenar, desde Arriba, lo llamado natural, natura, la naturaleza, las cosas antes de estar convertidas en cosas reales, todavía libres de su nombre. La pretensión de ordenar, arreglar y cuidar eso [que] se llama naturaleza; desde Arriba. Que quiere decir, como bien recordáis los que estáis conmigo, al mismo tiempo desde Arriba de ‘todos’ -el ideal de ‘todos’ que el Capital y el Estado tienen, es decir, desde el Gobierno, las directivas, las directivas del Capital mismo- y, desde Arriba de uno mismo -que es justamente el punto en el que vamos-, desde arriba de uno mismo, de esa parte -digamos- del alma de uno mismo que está arriba (las facultades superiores, es decir, conciencia y voluntad, conciencia y voluntad). La pretensión es por tanto falsa doblemente en cuanto lo es en ese doble sitio o doble sentido: la pretensión política de arreglar o ordenar desde Arriba, desde alguna forma de gobernación y la pretensión de uno mismo de ordenar, arreglar y cuidar de su vida.

 

Querría que hoy nos centráramos, y volveremos sobre ello, en cómo lo uno es lo mismo que lo otro, es decir, desmontar la división, que el orden al parecer necesita mucho, entre los individuos y las poblaciones, entre el individuo y las poblaciones. Se trata de ir descubriendo además con claridad que lo uno viene a ser lo mismo que lo otro y esto va mucho contra las ideas recibidas, contra las ideas dominantes y... por eso estamos aquí: a eso precisamente: a todo lo que va contra las ideas que nos están impuestas, entre ellas, ésta de la distinción entre uno, el individuo, y las poblaciones, a las que incluso los políticos se atreven falsamente de vez en cuando a llamar "pueblo", cuando aquí en cambio sabemos que pueblo lo hay pero no existe, no forma parte de la realidad que ellos tratan de dirigir, cuidando, arreglando, ordenando, lo que está por debajo del Poder, por debajo de la orden.

 

Pues de eso se trata. Con una suerte que se me da de vez en cuando, el otro día estando al pié de la taberna donde suelo ir a desayunar, y habiéndome salido a fumar -como está mandado- a la puerta, me pasó por delante de las narices una furgoneta de "Pascual", de leche Pascual y eso, que me dio tiempo a leer, en la lata de un costado decía: "Cuidamos lo natural porque lo llevamos dentro". Literal, no se me ha borrado, por si queréis apuntarlo: "Cuidamos lo natural porque lo llevamos dentro”. Es como si la hubieran hecho para mí, pero os aseguro que no me la he inventado, está en las furgonetas de leche Pascual y os la podéis encontrar igual que yo por cualquier sitio. Bueno, pues ésa es la pretensión que pocas veces se da de una manera tan descarada, tan [], pero que a veces se da también así, “lo natural, lo cuidamos”. Ésa es la cuestión. La Empresa, en este caso -pero da lo mismo-, el Gobierno en otros casos -da lo mismo también-, pretende estar cuidando lo natural. Lo natural que, aquí entre nosotros, como sabéis. es justamente lo desconocido, es justamente lo que no sabemos qué es; los nombres naturaleza, natural y todo eso son nombres claramente falsificadores, en cuanto se empieza a escarbar en su sentido se descubre el sin sentido, se descubre que en verdad no sabemos qué es, que tiene por supuesto su gracia en que no lo sabemos, de manera que cuando nos ponemos a saberlo por la Ciencia, a cuidarlo, por el Gobierno, estamos justamente destruyendo lo que había de desconocido en ello, lo solo que valía, la sola gracia que tenía, ya lo desconocido no es desconocido. Y en esta colaboración entre el Saber, la Ciencia, y el 'cuidar de', el organizar, arreglar, supongo que irá apareciendo cada vez más clara a lo largo de este rato, si no lo estaba ya bastante.

 

Lo que importa es que esta pretensión de la empresa, ésta lechera o de un cualquier gobierno, también es la pretensión que tiene uno, ¡que tenéis!, que tenemos (si queréis que sea modesto) en la medida en que cada uno de vosotros, de nosotros, es justamente uno, ése también sabe lo que hace, lo sabe porque lo ha aprendido a lo mejor en los libros, en las consultas médicas, en cualquier otro sitio. Los Medios os están todos los días proporcionando montañas de información al propósito. Libros enteros sobre cómo cuidar de la salud de uno (la física y la psicológica, si queréis distinguir), cuáles son las cosas que uno puede hacer, que por tanto debe hacer, y vosotros, si perdonáis la suposición, os lo creéis. Para que no os sintáis insultados tengo que añadir que efectivamente reconozco enseguida en cuanto hablo con cualquiera que no os lo creéis del todo. ¡Cómo ibais a creéroslo del todo!, si eso de "todo" en la Realidad, en la Existencia que nos traemos, no tiene sentido, es un puro ideal, no hay todo en la Realidad, por tanto tampoco hay uno. Pero por lo tanto no hay todo. Pero aunque no os lo creáis del todo, os lo creéis lo bastante para ir tirando, unos más, otros menos, se pueden establecer grados, unos os creéis con mucha seguridad las recomendaciones que la medicina, la ciencia, los libros de cuidados del cuerpo y del alma, os proporcionan; otros no os lo creéis tanto, pero, por desgracia, en una gran proporción os lo creéis y os dedicáis a eso.

 

Por tanto una de las cuestiones que nos traemos aquí en esta tertulia política, esta política contra el Orden, es la de preguntarnos eso: "¿Quién soy yo para cuidar de mí?". El que sea capaz de preguntarse a fondo esta pregunta, que desde luego no tiene ninguna contestación real, estará tal vez un poco en el camino de descubrir la vanidad de las pretensiones de ordenación, de arreglo y de cuidado desde Arriba. No puede ser; lo que en uno vale, está vivo, tiene gracia, no miente, eso es aquello en lo que uno no es uno; es aquello en lo que uno no es uno, mientras que en cuanto uno se pone a cuidar de sí mismo (como hasta en las salutaciones estos años pasaos se ponía de moda al despedir diciendo "Cuídate", ¡bah!, una pretensión verdaderamente insoportable, pero que se había establecido y que revela mucho de cómo está estendido lo que estoy... lo que estoy diciendo), en cuanto uno se pone a preguntar por eso, se da cuenta de que el que está mandando efectivamente ("Yo” soy el que mando) quiere decir ‘la conciencia’, mi conciencia, mi voluntad; mientras ése es real —no sólo real sino adaptado al Orden, sumiso, como Dios manda, como al Gobierno y al Capital le gusta— en cambio aquello a lo que pretende cuidar, ordenar, arreglar, eso no, eso simplemente NO, no pertenece a la Realidad ordenada ni está sometido a esa idealización que el orden necesita.

 

Por tanto, "¿quién, diablos, soy yo para cuidar de mí?", ¿qué coños sé yo de verdad de todo esto a lo que llamo “cuerpo” o “alma” -da igual-, “mi realidad” o “mi posesión”?, ¿qué coño sé yo y por tanto qué puedo hacer que no sea un mero error? ¿Y cómo sucede una contribución justamente a la mala salud, a la enfermedad, al desequilibrio, al desorden, y a todo lo que queráis llamar? Podéis volver sobre la imagen de la colectividad, de las poblaciones, desde la del individuo, y encontraréis lo mismo, ¿cuál es el desorden, desequilibrio, caos y barullo que conocemos?: el producido por la organización. No tenéis más que asomaros a la calle y comprobar que efectivamente todo lo que encontréis en una metrópolis cualquiera, o en otro sitio, de caótico, molesto e insoportable, todo eso está producido por la organización, la burocracia, ese caos producido por el orden.

 

De manera que con la falsificación habitual el Orden cuida mucho de hablaros de caos y de meteros miedo; mientras se os está metiendo el caos en la vida cotidiana, os habla de otro caos, de lo que pasaría si yo me descuidara, si dejara de cuidarme, lo que podría pasarme a mí si no me cuidara, si no tomara las medidas que la medicina manda que me tome y si no estuviera vigilante y pendiente de mis funciones orgánicas y tratando de regularlas, según las istrucciones, lo más posible. ¿Qué me pasaría?: el caos. Pues eso es lo mismo que con las poblaciones. Os hablan, os meten el miedo del caos, ya se ve para qué fines, pero justamente al mismo tiempo están en la realidad cotidiana metiéndoos ese caos, ese desconcierto, esa desorganización, justamente como producto del intento  -hasta bienintencionado- de los gobernantes que nos rigen, de ordenar, de arreglar, de organizar lo que no se sabe. Fijaos en lo de ‘organizar’ porque es un término propio de esta ordenación desde Arriba, pero notad cómo se lo han metido a los pretendidos seres naturales, y justamente también a nuestros corazones, tripas, hígados etc., los llaman órganos —lo mismo, ¿eh?—, y hablan de la organización de nuestro cuerpo, de nuestra fisiología, con los mismos términos en que os hablan de la organización de las poblaciones, de los Estados y todo lo que queráis.

 

Bueno, esto es lo que de momento os adelanto para descubrimiento de estas mentiras. Para eso estamos aquí, aquí no se viene a otra cosa, es a descubrir la mentira de las verdades, no de la Realidad, sino de las verdades, como éstas que acabo de sacaros al tablero como muestras. Entre tanto... ¡Ah!, como ya os anunciaba el otro día -bueno, es una cosa que ya hice con los lectores de La Razón hace unas semanas-, entre tanto, nos tocó a Isabel y a mí ver una película que toca muy de cerca esto, que me impresionó precisamente por lo muy de lleno que lo toca. [Hay un bebé en la sala, AGC le dice que no se enfade]. Es una película que han hecho sobre una novela de un japonés afincado en Inglaterra, de Kozuo Ishiguro. Una novela que se llama (y la película también) Don't let me go, que han traducido mal aquí, han traducido en los cines donde la he visto por "No me abandones"... ¿Eh?

 

          — Que no es “Don’t”, es "Never let me go".

 

          AGCBueno, en la novela me parece que se llama “Don’t”

 

— No, tampoco…

 

          AGC — La han traducido mal, han puesto “abandones”, "No me abandones", cuando, claro,  que lo que se acercaría a lo que dice el título sería "No me dejes ir" o "No me dejes irme", más bien. Pero, bueno, el título es lo de menos y el error también. Pues ésa es la película que estuve ya usando en el periódico y uso ahora. El invento consiste en que se da como establecida en Inglaterra, y en la Inglaterra actual, desde los años 70 hasta 30 años después, una istitución, una industria, perfectamente legal por lo demás, que consiste en que a niños y niñas (que sin duda, por alguna alusión que hay en la película -yo no me he leído la novela-, sin duda se habían producido por un medio del tipo de la clonación o algo así, sobre modelos, no producidos estos niños y niñas por medio natural, sino de las maneras artificiales de que se dispone actualmente), pues a estos niños y niñas se les cría y se les educa en cierto sentido. En el caso la cosa se centra sobre un gran colegio del tipo de las mansiones inglesas, donde una buena porción de estos niños y niñas están recluidos, se les cría y se les educa para que apenas llegados a su madurez, poco más de 20 años, sirvan como donadores de órganos vitales. De una vez, si en la operación el donante fallece o, si sobrevive, puede ser en dos o tres veces sucesivas, en sucesivas donaciones; en sucesivas donaciones (se les educa para esto), hasta llegar a lo que llaman “la finalización del proceso”. Como se les educa para ello, esto incluye que no sólo se les da de comer bien, se les tiene a gusto en esa residencia, se les entretiene, por ejemplo comprándoles de vez en cuando juguetes y cosas por el estilo, sino que además se les impulsa, como en cualquier educación, la idea de lo grandioso de la misión a la que están dedicados, de manera que incluso lleguen a sentirse orgullosos de que les haya tocado justamente cumplir esta misión de donadores de órganos, sea para quién sea. De vez en cuando hay una intromisión de alguna de las que traen como educadoras que trata de describirles el horror de lo que están haciendo con ellos e inmediatamente la retórica educativa triunfa; se eliminan esas sombras de dudas que puede haber y los niños están tan contentos y cumplen, cumplen con su misión.

 

Bueno, pues éste era el horror que al señor Ishiguro se le había ocurrido y, como veis, pues toca muy de cerca a lo que estábamos diciendo. Por desgracia, la novela, sin duda, y también la película, se distrae mucho con una historieta de amor entre un chico y dos chicas de los futuros donantes, que no enseña nada nuevo, que con mucho menos tiempo podría simplemente decir que en una situación tan estraordinaria y estrema como ésa, con el amor pasa más o menos lo mismo que de ordinario, nada nuevo, pero que en cambio diluye bastante, distrae. Por alguna noticia veo que el propio autor del libro y demás pretendían que ése fuera el tema central de la novela, de la película. Evidentemente tanto el autor como el director y co-guionista de la película se han asustado de presentar el horror que os he contado tan al desnudo, y entonces, pues han preferido diluirlo con esa historieta de amor que distrae mucho. Yo he empezado por tanto por contároslo al desnudo y supongo que estáis, como yo, lo bastante horrorizados con la idea, de manera que tengo que proceder a deciros cómo es que estamos así de horrorizados con eso.

 

Evidentemente, si no nos distraemos con cosas accidentales, el horror que ahí se presenta puede funcionar como una caricatura horripilante de lo que pasa en la vida normal y corriente, simplemente por el procedimiento éste de la exageración, de llevar un poco más adelante en su progreso todo lo que entre nosotros ya está funcionando, eso que en esta política en la tertulia solemos llamar “Administración de Muerte”, como función esencial del Poder, del Estado, y todo eso. De manera que evidentemente la idea ha surgido como una exageración, como una caricatura de lo mismo. Veis en qué sentidos: uno de los dos horrores consiste justamente en la fe en el Futuro. Estos chicos y chicas de la película están sometidos de una manera especialmente ordenada y fija, pero ¿qué nos pasa a nosotros?, ¿qué os pasa?: Lo mismo sustancialmente: las vidas dedicadas al futuro, las vidas dedicadas al futuro, que es justamente lo que, si sois por un momento sinceros con vosotros mismos, es la mayoría de lo que hacéis y padecéis cada día: la dedicación al Futuro. Las vidas dedicadas al futuro, es decir, regidas por el fin, de la muerte que espera, más pronto o más tarde; creencia por tanto en el Futuro de la Humanidad y de la Ciencia; creencia en lo que os he presentado de primeras hoy: creencia en que efectivamente el Poder avanza en el sentido de cada vez mejor organizar las cosas, de que tiene sentido, tiene futuro (¡cómo no va a tenerlo!, si "futuro" es el arma justamente de la Administración de Muerte), tiene futuro, la pretensión de llegar a un fin feliz, como en las películas. El fin lo está rigiendo todo. La humanidad avanza hacia un fin feliz, una humanidad mejor organizada. Por ejemplo, la cirugía progresa en el sentido de alcanzar al límite de la longevidad por los procedimientos de trasplante o por cualesquiera, efectivamente la cirugía parte de la estructura cultural del Poder, avanza hacia ahí, hacia llegar a hacer que vivamos el límite. Está el problema del límite, pero aunque el límite de la longevidad no se pueda tocar, no importa, porque sirve como fin. Cada vez más, cada vez más se cree la ciencia, la técnica, nos acerca más a ese fin, el fin del límite de la longevidad. Nos puede parecer curioso que siendo la función del Poder la Administración de Muerte, justamente uno de sus grandes éxitos se centre en eso, en la longevidad y acercarse al límite que es el fin. Pero si lo pensáis un momento encontraréis esa contradicción bastante lógica, terriblemente lógica.

 

Y al mismo tiempo que la cirugía, las técnicas y demás progresan hacia ese fin, hacia el futuro —en esto estamos embebidos—, la ciencia, incluso la pura ciencia, de la misma manera progresa hacia la verdad. Lo uno va con lo otro, de manera que efectivamente podrán las teorías físicas o de otro orden disputarse la imaginería preferible para el momento en que vivimos, encontrar unas más argumentos que las otras, pruebas más fidedignas, pruebas de laboratorio o de lo que sea, pero todas ellas justamente a lo largo de este combate entre opiniones y teorías están caminando hacia la verdad. Lo uno va con lo otro, espero que no haya que insistir. Y en resumen ésta es una parte de lo que está en la película de Ishiguro caricaturizado. Supongo que lo entendéis bien, no creo que tenga que volver sobre ello. Está caricaturizado, los fines están más fijados, las edades están más acortadas, más ajustadas pero por lo demás todo es igual, y la educación de los niños y niñas que les tiene que hacerse sentirse contentos y hasta orgullosos con su misión de donadores, de futuros donadores, está también revelándonos lo que entre nosotros en la vida corriente pasa.

 

La otra mitad del error, junto a esta fe en el Futuro, es naturalmente la fe en uno mismo. En la introducción os he presentado ya las dos cosas juntas y como equivalentes. Es decir, la fe en que uno es dueño de sí mismo (que quiere decir de su cuerpo, de su alma), uno es como un Estado, como en un Capital, "el que manda", y es dueño de sus entrañas. Por ejemplo: la creencia de que nuestros corazones, los corazones de uno, los hígados, las tripas, son de uno, son de uno y por tanto, como son de uno, tiene todas las razones o justificaciones para hacer con ellos lo que quiera, es decir, para cuidarlos, atormentarlos, venderlos, como a cada paso estamos vendiéndolos, donándolos, como en el caso éste de la donación de órganos, estropearlos de cualquier manera: todos los derechos, todas las razones para que uno haga con los pobres corazones, hígados, tripas y demás lo que le parezca que debe hacer. La donación es una de las cosas corrientes. La venta; generalmente lo que hacemos es venderlos al servicio del orden. Supongo que no os hace falta pensar mucho para entender lo que estoy diciendo. Nuestras vidas consisten en eso, ¿cuál es el desgaste esencial de nuestras tripas, corazones o hígados?: el desgaste que requiere el trabajo más o menos inepto, estúpido, en que nos encontremos metidos, eso el que se lleva la mayoría, y la otra mitad pues le complementa al trabajo la diversión ordenada como segundo trabajo, según días pasados estábamos viendo. De manera que esto es lo más corriente de todo.

 

Puede estrañaros que en la donación parece que esto se contradice un poco: si los órganos son de uno, si son de verdad de uno mismo, ¿cómo es que uno puede prestárselos a otro? Es justamente este tipo de actividad al que la novela y película se ha dedicado. Supongo que no os costará conmigo resolver esta aparente contradicción. Sólo tendría sentido la donación de órganos (y por tanto la fe en que a otros, sean quienes sean, les van a servir para resolver sus problemas de enfermedad o de peligro de muerte y demás), tendría sentido si uno fuera uno, que es justamente lo que aquí estamos combatiendo. Si uno fuera uno eso tendría sentido y se podría decir que "qué generoso es uno cuando dispone de sus órganos para que les sirvan a otro". ¿A qué cosa más grande que ésa se la puede llamar "altruismo"? Ése es el altruismo mismo. Parece lo contrario de lo llamado egoísmo. Efectivamente es un ejemplo de altruismo disponer de los hígados de uno para que les sirvan a otro, a quién sea. Si uno fuera uno eso sería verdad, tendría sentido, pero no lo tiene, no tiene sentido ninguno. Notad que uno de los aciertos de la novela de Ishiguro es que lleva al estremo también, caricaturiza, esto que está en nuestra educación: niños y niñas están contentos con su destino y se sienten orgullosos de cumplir hasta la finalización lo que se les ha ordenado como vida. Ésa es la vida, misión y destino que les ha tocado.

 

Si no os reconocéis un poco en esos niños y niñas de Ishiguro, pues me temo que no vais a entender bien el horror que esa caricatura nos presenta. Uno no es uno, como al principio os estaba recordando. Uno en cuanto ente real, con sus órganos y todo lo demás, sometidos al trabajo y a la diversión y demás, uno como parte de la Realidad, no es más que uno de los otros, es decir, de los componentes del conjunto, en último término, del gran conjunto: la Humanidad -porque a los que no sean hombres de momento se les deja fuera-. Pero uno es uno, es uno del conjunto, y si uno es uno del conjunto, uno de la Humanidad, ya comprendéis que la identidad entre uno y la población aparece lo más clara posible: uno es lo mismo que el conjunto de unos. Uno es lo mismo que el conjunto de unos hasta el punto de que, como al principio os lo presentaba, hay que atacar en primer lugar esta distinción entre uno y el conjunto, entre uno y el conjunto.

 

Bueno, pero este horror de que uno sea uno del conjunto y que por tanto sea lo mismo que la población del Estado, lo mismo que la Humanidad, que el hombre que es uno sea lo mismo que el Hombre con mayúscula que representa al conjunto, este horror, por más que aquí políticamente tengamos que dedicarnos a sentirlo, no se cumple tampoco hasta el fin. En Realidad no hay fin ninguno, no hay ningún todo. Por una parte uno es uno en ese sentido y por tanto da lo mismo uno que la población, y el trasplante de órganos de uno a otro es un intercambio trivial, pero uno no es uno más que en parte: en esa parte, nunca del todo, porque aparte de eso hay en uno 'lo que no se sabe', aquello que al principio os he estado recordando como "natura" o "natural", con estos nombres más bien equivocados y perversos: lo que no se sabe. De manera que las únicas gracias que podemos dar es decir “Gracias a que no sé quién soy”. “Gracias a que no sé quién soy”, “gracias a que no es verdad”, porque si fuera verdad, todo lo que en la sociedad y organización y educación del mundo (caricaturizados en esa película) se nos presenta, se habría cumplido, habría llegado a la perfección, al fin. Pues alegraos: no ha llegado ni puede llegar. Simplemente no ha llegado ni puede llegar; ellas son las solas gracias que se pueden dar de corazón, sin mentir, gracias a que no se ha cumplido ni puede cumplirse, gracias a que es un mero ideal, un mero ideal del Poder, es la imposición de Dios sobre lo que hubiera por debajo y que estuviera vivo, porque sin eso, sin ese ideal, el Estado, el Capital, Dios, no funciona. No es más que un ideal y que justamente la pretensión de cumplirlo, de llegar a ese fin, la fe en el futuro, que he estado sacando a través de esta crítica, consiste justamente en sostener ese ideal que nunca se cumple. Que nunca se cumple, pero, mientras se cumple y no, nos hace la puñeta, es decir, estropea todo aquello que pudiera haber de vivo, todo aquello que pudiera haber de vivo, de no sabido, de desconocido, de gracioso, o de cualquier manera que lo queráis llamar.

 

De manera que ésa es la situación. De manera que la ligazón entre las dos cosas que os he separado, la fe en el futuro y la fe en uno mismo como dueño de sus órganos, yo creo que se conjuntan bastante bien, no hace falta insistir mucho en ello. Después de todo son la misma fe, y ya por otras vías en sesiones lejanas habíamos empezado a descubrir que efectivamente el nacimiento de la fe en uno mismo, a lo que se llama conciencia o voluntad, coincide con el establecimiento del futuro. Que las dos cosas se establecen juntas, que la una tiene que ver con la otra y esto es sumamente lógico porque efectivamente uno en cuanto uno real, es decir, uno del número de los unos (el número de los unos que la Democracia trata de alcanzar por el truco de hacer que la mayoría sean todos, un truco infame pero que rige, que rige [] y bajo el cual estáis viviendo), uno que es uno en ese sentido, no es sólo que esté condenado a muerte futura, ése está 'hecho por' la muerte futura, como los niños de la película. Está hecho, está costituido por la muerte futura, de manera que si uno es uno en ese sentido pues no sólo sabe ya lo que le espera sino que sabe lo que le está pasando y a lo que tiene que resignarse. Si aparte de eso uno no es uno nunca del todo sino que siempre queda en uno algo por debajo de uno, algo de no sabido, eso ya es otra cosa que efectivamente lo mismo que se libra del futuro, se libra de la muerte y todo lo demás.

 

Eso en el cuerpo de uno, pero lo mismo en las poblaciones, es justamente lo que en esta tertulia política llamamos “pueblo-que-no-existe”, distinguiéndolo justamente de las poblaciones contadas por el Estado y el Capital para su servicio. Pueblo-que-no-existe, lo que entre nosotros no es nosotros, ni tiene un título, ni una raza, ni una nacionalidad, ni ninguna tarjeta de clientela de tal Banco o de tal Empresa: lo que no es eso. La política de los políticos consiste en confundir pueblo con la población contada. Aquí estamos… en esta contra-política estamos dedicados a no confundir. Pueblo es justamente lo que no es la población contada, lo mismo que en cada uno de nosotros lo único que vive, puede vivir, está libre de la muerte, es aquello en que uno no es uno. En que uno no es uno, no es uno del conjunto.

 

Supongo que con esto, con esta vuelta, volvéis a recordar los que me acompañáis en qué consiste el venir a esta tertulia política, ya veis cuál es la política de que se trata, y con la claridad y el horror de los ejemplos que os he sacado entendéis bien qué es a lo que se está diciendo NO a través de nuestras bocas, es decir, confiando en que, aparte de las tonterías que uno como uno dice, haya en uno algo que, por no estar bien hecho del todo, le quede de pueblo-que-no-existe y por tanto se le ocurre decir algo que no es lo que ya está dicho y lo que está establecido para la obediencia. Bueno, pues con esto me paro de sermón, de manera que a partir de ahí vamos a ver qué cosas se os ocurren.

 

          — Agustín, Agustín, yo tengo una pregunta: tú sabes mi caso, yo voy al geriátrico hace tres años. Mi madre ha cumplido noventa y siete años, ha tenido diez hijos, ha vivido dos guerras civiles, y la niña me pide un cigarro. Y dice el médico "No se lo des". Digo “¡Oiga!”…

 

          AGC —  ¿“Dice el médico...”?

 

          — ¡Que no le dé el cigarro!

 

           AGC —  ¡Ah!

          — Y mi madre, pues después de comer, quiere un cigarro. Y yo le digo al médico “Pero, oiga, ¡que se muera tranquila!”. Dice "¡Eutanasia!", y digo “¡Me cago en San Benedito!

 

           AGC — Bueno, eso ya, pero lo de la prohibición del cigarro es característico, porque efectivamente cualquier médico, cualquiera, tiene que pensar que se puede hacer algo desde Arriba para la salud.

 

          — ¡Pero si tiene noventa y siete años y ha parido diez hijos!, ¡y ha vivido dos guerras civiles!, ¡¡y es filipina!!

 

           AGC —  Muy estremo y muy ridículo. Gracias por sacarlo aquí.

 

—  Y yo ahora ¿qué hago?, ¿le doy o no le doy el cigarro?

 

le hacen la vida imposible...1616161616161616161616161616161616161616161616161616161616161616161616161616161616161616161616161616161616161616161616161616161616161616161616161616161616161616161616161616161616161616161616161616

           AGC — Sí, dáselo…

 

— ¡Joder!, le hacen la vida imposible…

 

          AGC — Vamos a ver, ¿qué más por ahí?

     

— Estos niños de esta granja (porque esto es una granja)…

 

AGC — Bueno, [] es un viejo colegio inglés al estilo, en la película lo han sacao así…

 

— Bueno, lo puedes decir como quieras, pero es una granja. ¿Tenían nombre y apellidos, o…?

 

           AGC — Sí, tienen nombre. Por lo menos nombre tienen. Se llaman unos a otros. Los protagonistas, no me acuerdo de los nombres, pero tienen nombre.

 

          —  ¿Pero se supone que tenían padres?

 

           AGC —  No, no: se supone que no tenían padres. Es que la película nos los presenta ya, me parece que a los doce años, educándose en este colegio. Pero luego por algunas alusiones, que en la novela estarán más claras, se ve que se habían producido por medios no naturales, clonación o algo por el estilo, por lo cual, claro, es normal que se les pudiera usar como víctimas sin mucho remordimiento de conciencia, para eso se les había hecho, para eso se les había costituido.

 

          — Claro, pero entonces aquí hay un... no sé, un choque de intereses, ¿no? Porque ¿los órganos son de ellos o de los que han pagado su reproducción?

 

           AGC — Es que es lo que he dicho al final: esa contradicción se anula cuando uno decide que uno, cuando es uno del número de las poblaciones, es lo mismo que el Estado y que el Capital, y cualquier cosa; son una posesión: si son posesión de uno, uno a su vez es una posesión del Poder y por tanto es lo mismo y se puede hacer con ello lo que se quiera; por ejemplo, altruismo, guardarlos para otros. Guardarlos para otros futuros que puedan necesitar esos hígados.

 

          — La eutanasia []…

     

          AGC — No, no digamos cosas positivas porque nos metería en mucho lío…

 

          — ¡Ah!, perdón. Perdón, perdón. Retiro lo dicho.

          AGC — …sigamos con el ataque a lo que estábamos. ¡Venga! [Muy bien, como te has callao… (al bebé de la sala)]. Venga.

 

— Aquí. Esta chica quiere…

 

          AGC — A ver.

 

          —  Es una duda que tengo. Hablando de lo de confiar en uno mismo y esto...

 

           AGC — No: yo he dicho “creer”.

 

          — Bueno, “creer”. Pues ¿es distinto de confiar?

 

           AGC —  No es lo mismo.

 

— Bueno, pues yo…

 

          AGC —  “Creer”, “la Fe”: creer en uno mismo.

 

          — Bueno, pues yo voy a decir “confiar”…          

 

           AGC — ¡Ah!, te arriesgas a decir lo contrario. Pero ¡adelante!. porque será útil esa contradicción.

 

          —  Vale, pues a ver: si alguien…  

 

          AGC — “La confianza en uno mismo”… ¿qué?

 

          — Voy a poner un caso, que si no…, es que no sé cómo explicarlo: Si alguien desea hacer algo pero dice "¡Ay!, no me atrevo”,  y le dicen o se dice “Es que me falta confianza en mi mismo", y...

 

          AGC — ¿“En”?

 

          — En mí mismo. Bueno, dice él “Pero me falta confianza en mí mismo”…

 

           AGC —  ¿Por ejemplo para saltar desde la orilla hasta un barco que está a siete metros?, ¿o no? ¿Casos así o de otro orden?

 

          —  O no. Es que no sé...

 

           AGC — ¡Hombre! Es importante saber en qué caso has estado o estás pensando.

 

          —  Sí, en ese caso supongo que serviría y... Pero si confías o desconfías de ti mismo… las dos cosas son… O sea, ¿en realidad desconfiar es confiar en que lo vas a hacer mal o no lo vas a poder hacer, o...?

 

           AGC — No: eso es un poco exagerado. Es... sospechar por lo menos que no lo vas a hacer bien, sí.

 

          —  Lo que me pregunto es si eso, si son dos formas… Si es lo mismo, es una forma de fe tanto en una como otra, si lo que hay que hacer en cualquier caso es… (Bueno, “lo que hay que hacer”… no sé), si quieres hacerlo, pues intenta hacerlo, y... No sé, que tengo un poco confusión con eso.

 

           AGC — Creo que, aunque esté un poco lioso, sigo un poco la cosa y es útil porque efectivamente aquí lo de confiar lo usamos de una manera negativa, contra la fe. Porque confiar es justamente confiar en lo que no se sabe. Ya me habéis oído la manera que está claramente contra el Poder, mientras que el Poder necesita una fe que es "saber", como la de la Teología, como la de Dios. De manera que separar las dos cosas importa mucho. En casos prácticos, como el que yo creía que preguntabas..., como el de pegar un salto de dos metros, ahí se pone muy en contra la fe en uno mismo, que funciona, y la confianza que puede funcionar por el camino del abandono. De manera que en cualquier trance como esos pueden suceder dos cosas completamente contradictorias pero que justamente nos muestra bien cómo en la Realidad están de confundidas las cosas unas con otras. Hay hazañas que se puede decir "Se han hecho por la fe en sí mismo", y desde luego las que el Poder recomienda son así. A cualquier futuro ejecutivo de marketing o lo que sea, lo primero que se le exige es la fe en sí mismo, demostrando con esto el Capital, las empresas de marketing, que necesitan esta fe en sí mismo porque viene a ser lo mismo que la fe en la Empresa, en el Poder, en el Estado. Y esto se sabe bien. Bueno, y hazañas así parece que se hacen, según está mandado, por fe en sí mismo, por tanto por una preparación gimnástica adecuada que se piense que ha llegado a su fin y cosas por el estilo. Luego hay otras hazañas que se hacen cuando menos se piensa, justamente por confianza y por olvido. Cualquiera de las cosas buenas de que podáis acordaros que ha tomado el cariz de algo arriesgado y que sin embargo, sin saber cómo se ha hecho, vienen de ahí, de lo contrario de la fe, que es la confianza. Lo podemos dar más vueltas a eso, si queréis, pero ¿qué más? ...

 

          — Digo que se trata de esto de cuidarse o descuidarse, que no se aparece en la vida real como una contrariedad sino que realmente ahí lo que se aparece es que uno no se descuida sino que o se cuida o se maltrata. Quiero decir que hemos nacido, hemos venido a la Realidad o a este mundo, con un marco de cuidado que empieza por el cuidado de los bebés, de la madre, de las normas familiares, domésticas, etc., etc., que imprimen ya una istrucción positiva del cuidado. Cuando uno entra en lo de descuidarse es muy difícil que lo deje ahí, en no aceptar estos cuidados y dejarse descuidadamente vivir, sino que en lo que cae uno es en lo contrario, es decir, en el maltrato. Y eso lo vemos clarísimamente por la cantidad de maltratos que uno se hace diciendo "No, es que yo no me cuido". No: “es que yo me maltrato”. Y ahí hay… sobre todo en esto la gente joven pues lo toma incluso un poco como lema del descuido, de decir “No, no, si es que yo no me cuido”…

 

           AGC —  No. No, no: jamás. Jamás, jamás aparece esa palabra.

 

          —  Son istrucciones positivas. Hay istrucciones positivas de maltrato. Estar en una discoteca hasta las cinco de la mañana tomando whiskys o cuba libres, a ver quién resiste más, que se vive como la bandera de la liberación o del descuido, es un maltrato.

 

           AGC — Pues eso, como dices, jamás la palabra ‘descuido’ aparecerá en ese caso.

 

          — No, no. Pero, bueno, yo te estoy hablando de hechos rea-…, de hechos de la vida cotidiana…

 

          AGC — Si. No, no. No, no, pero tú lo que estás queriendo demostrarnos…

 

          —  …Es decir, esto que tú manifiestas con esa claridad meridiana, a la hora de la verdad no sucede nunca esa contradicción, sucede lo otro: o se cuida uno o se maltrata.

           AGC —  Ya, creo que no lo has espuesto bien, Isabel.

          — Lo he espuesto estupendamente…

 

          AGC — Habéis oído a Isabel cómo, sin querer, pero movida por lo que sea, ha hecho una esposición justamente de la fe católica, del Orden... Nos ha hecho… (es muy hábil), nos ha hecho una esposición bastante clara: nada más que o lo uno o lo otro, o te cuidas o te maltratas…

 

          — Vamos a ver: vimos la otra película, que te tocará el miércoles próximo, de lo de la heroína. De la heroína, la famosa película de Cristina o Carolina… Te tocará la próxima película, porque ahora te ha dao todos los miércoles por sacar una película…

 

          AGC — Sí, sí, efectivamente, me ha dao por ahí. Lo usaré, pero ahora no quiero distraerme.

 

          — Es un caso de maltrato…

 

          AGC — Ahora no quiero distraerme, ¿eh?

 

          — Pero es un caso de maltrato basado en el descuido.

 

          AGC — …Dejémosla, porque con tu caso basta, es decir: o lo uno o lo otro, o te cuidas o te maltratas. Ésa es la fe. Es decir que justamente es como si te dicen “O trabajas o te diviertes”. ¡Hombre!, “O trabajas o te diviertes”, no. “O te cuidas o te maltratas”, no. Efectivamente hace falta haber cometido este error, contra el que la tertulia está (yo creo, o debía estar lo primero) en guardia de positivizar la negación. Es justamente eso en lo que se funda la fe católica que se impone: positiviza la negación: “¿No te cuidas?, entonces lo que estás haciendo es maltratarte, porque no te cabe en otra cosa; porque no cabe en este mundo”. Y, sin embargo, lo que la política de esta tertulia mantiene es la no positivización. Decir NO, no implica de ninguna manera decir lo contrario positivamente, que viene a ser lo mismo, porque efectivamente, según Isabel lo ha espuesto, lo ha dicho bien, cuando no te cuidas te estás maltratando, y como se ve en la diversión y en lo de la discoteca hasta la madrugada, resulta que es lo mismo lo de maltratarte divirtiéndote, que lo de maltratarte cuidándote médicamente, acudiendo a las consultas, haciéndote chequeos cada día, es lo mismo, efectivamente, ¿qué diferencia hay entre sacar billetes para una discoteca o concertar citas para siete chequeos en...? Es lo mismo. Es efectivamente la misma cosa. Ahora, hace falta una fe católica para decir "Y eso es TODO". “Y eso es todo”.. [], es decir que la negación no puede hacer nada y por tanto en esta tertulia, que nos dedicamos a decir NO, no estamos haciendo nada.

 

          — ¿Puedo terminar? Tú has dicho que nacemos ya en una cárcel que se llama la Realidad, y esa cárcel tiene unos barrotes y tiene una configuración...

 

           AGC —  ...Y no es todo lo que hay, y lo dejamos aquí, ¿eh? Y no es todo lo que hay, y lo dejamos ahí. Lo dejamos ahí.

 

          — Agustín, Agustín: Ya te doy la repuesta muy corta: tanto cuidarse como maltratarse es un concepto cultural.

 

          AGC — Bueno, bueno.

 

          — Perdón.

 

          AGC — Más, más, por favor. Bueno, más.  

 

          — En Tailandia el opio no es flufli.

          —  Yo quería decir algo a lo que ha dicho Isabel. Es que parece como si no pudiera haber una tercera cosa porque es como si "Es que uno no sirve para nada bueno". Y lo mismo si se propone cuidarse que dice “Ahora me voy a descuidar”, pues es una estupidez, pero lo que estamos diciendo es que a lo mejor eso que decíamos de que podía haber una confianza en solamente en darse cuenta en lo malo que es cuidarse, en irlo sintiendo cada vez más. Y eso no es hacer otra cosa.

 

           AGC — No, pero no te esfuerces… No te esfuerces, Anita, porque desde luego no se puede decir “Hay una tercera cosa”, no. Hay la Realidad y como no está nunca bien hecha del todo, y Dios tiene descuidos, y ninguna ciencia es perfecta, cabe siempre descubrir la mentira, decir NO, sin crear con eso otra organización ni otra ciencia, no: porque si no efectivamente eso querría decir la declaración de la inutilidad de esta tertulia. Al intentar decir NO, ¿que estamos haciendo?: “costituyendo otro pequeño organismo, de menos gente que el público de las discotecas, pero bueno, bastante gente, unos ciento que vienen, no son los mismos siempre, no guardan pronto las reglas...”.  Bueno, tonterías de ésas, ya se sabe. Es justamente lo que siempre la fe católica ha mandado para inutilizar cualquier forma de rebelión: convertir la negación en otra actitud real.

 

          — Agustín, insisto: el alcohol y el opio son dos culturas diferentes, pero… ¡fris!, me callo. Que me callo porque no es el nudo.

 

         AGC — Más, más, por favor. Sí, a ver.

 

          — Yo creo que esto del maltrato que decía Isabel ya viene de los padres cuando dicen “Te estás matando”, se lo dicen al hijo. O sea, que tanto —como tú decías— el cuidarse como el maltratarse es una oposición totalmente católi-…, vamos, creyente total. Porque los padres mismos dicen "Te estás matando". Esa palabra se utiliza mucho, amigos y todo: “Te estás matando”, que ya es el colmo. No dices "maltrato", porque maltrato es no tratarte demasiado bien, pero matarte es todavía mucho más grave.

.

           AGC — Es la misma fe, efectivamente. La fe en que uno puede hacerse bien, cuidarse, y la fe en que uno puede hacerse mal, maltratarse. Es la misma. Es la misma, no cabe más que eso, son diferentes maneras: uno saca las entradas para el estadio de quien sea, otros sacan una cita para el médico. Gustos. La misma práctica en un caso y en otro, después de todo. ¿Qué más, por favor?

 

          — Entiendo que cuando se ha hablado de lo de la longevidad, y cuando se ha hablado de la verdad como sistemas también de poder, creo que como única alternativa quedaría la duda, pienso. ¿Cómo se podría navegar, hoy, en un sistema, en un sistema como el que tenemos, y un sistema donde Google impone todas sus normas, cómo podríamos navegar en esa duda para que fuera realmente productivo o poder buscar un camino?

 

           AGC — No entiendo muy bien la metáfora de navegar. Tienes que esplicarla un poco más.

 

          — ‘Navegar’ me refiero a como se navega por Google, que es un poco sin profundidad, o como se surfea a través de la red, que es un poco a través, sin profundidad ninguna y es difícil entrar... Pero no sé si la duda es la alternativa que queda a eso, o la que se puede exponer.

 

           AGC — No sé si entiendo bien la aplicación de la metáfora del navegar. Desde lo único que hay es el des-...

 

          — ...Si es la duda realmente una alternativa...

 

           AGC — No, si te lo tomas así, posiblemente te dirán "¡Hombre!, aquí ha salido un filósofo de la duda, que ya ha habido varios". No, hombre, no. Aquí lo único… no hay ninguna alternativa, ninguna alternativa. Aquí se está contra la Realidad gracias a que no es todo, que no es del todo, que he dicho que es la única gracia de que disponemos y que por tanto tiene sentido decirle NO, pero nada más. Ninguna doctrina del NO, ninguna doctrina de la duda... porque si no estamos en las mismas. ¿Qué más, por favor?

 

          — Lo de la película que falta…, el hecho que tú has metido, que no es relevante, lo de la historia de amor -que de verdad entorpece mucho-, pero ahí está sacada porque da una bula especial a los enamorados, que aplazan la muerte, aplazan la ley. Eso es interesante porque precisamente tiene ese efecto secundario.

 

           AGC — Si, efectivamente, confirma lo que he dicho de el acierto en la caricatura, sí. Corre un bulo entre ellos de que si dos se aman de verdad y la directiva lo reconoce (que están ligados por un amor de verdad), entonces pueden tener un aplazamiento de cuatro o  cinco años.

 

          — Lo que dura el amor eterno. La medida que dura el amor eterno...          

 

          AGC — De manera que, efectivamente, gracias por haberlo sacado porque es también otro acierto de la película en cuanto caracterización, si no se distrajera con lo demás. ¿Qué más?

 

          — Sí, esa frase que hemos oído alguna vez, como reproche o como reafirmación del otro, de "Es que no tienes seguridad en ti mismo", en cierto modo es una forma de proyección del otro...

 

           AGC — No, simplemente ahí el feligrés, el miembro de la población que habla así, está justamente hablando por boca de ganso, es decir, está diciendo lo que está ordenado que se diga. Es decir, le está recordando al otro un artículo de fe esencial que es justamente el de creer en uno mismo. Se lo está recordando, por boca de ganso, lo está repitiendo. Más...

 

          — Hola, es el primer día que asisto a esta tertulia, no sé exactamente el hilo de la tertulia y tal, pero he estado escuchando lo de creer en uno mismo. Para creer en uno mismo  primero te tienes que conocer, ¿cómo te psicoanalizas?, ¿cómo sabes que tu pensamiento es propio y no el que te ha inculcado la sociedad?

 

           AGC — No, no. Creer en uno mismo efectivamente es lo mismo que saberse. El "Conócete a ti mismo" que nada menos que en el frontón del templo de Delfos se había puesto para que se viera cómo la autoridad y la religión lo recomiendan. No es ninguna cosa de nuestro progreso. Efectivamente es lo mismo; no hay fe que no sea un saber. Porque lo otro, como hemos visto antes, no es fe, es simplemente un abandono, una confianza en que todo no es todo, y así. Entonces, como saben aquí (aquí hay algunos psicoanalistas que nos acompañan bastante de ordinario), un análisis de verdad no podría consistir en otra cosa que en descubrir la falsedad de ese saber de sí mismo, por muchas vías, por muchas vías que aquí más o menos también se emplean, aunque en plan político, descubrir que no tenía fundamento, que era mentira, la fe en uno mismo. Un psicoanálisis así —no hay que decirlo— al Orden no le sirve para nada, le estorba mucho, y lo demuestra, por lo cuál procura que se desarrollen otras formas de psicoanálisis que de ninguna manera le dejan a uno abandonado al no saber, sino que le recostruyen la fe, le recostruyen la fe en uno mismo; es lo que se llama "terapia", es "la cura". Es la cura, es útil para ir tirando, como tantas otras terapias, es una fe falsa, pero desde luego es una traición al psicoanálisis, una traición a la función desintegradora y descubridora que era la del psicoanálisis. ¿Qué más por ahí?... Bueno, ¿entonces?

 

          — En cuanto a la… Vamos a ver, porque no es tampoco una cosa… Estaba pensando que si te topas con alguien que dice "No, no, es que yo me cuido, yo voy al gimnasio todos los miércoles, estoy cuatro horas allí y luego corro, hago footing...". Vamos, que te encuentras con el machote de gimnasio, ¿no?

 

          AGC — ¿“Con el…”?

 

          — Con el machote, con el musculoso, ¿no?, del gimnasio. Y por otro lado te encuentras con un punk que dice "¡Bah!, yo paso del cuerpo, tío, yo me pongo aquí unos tatuajes, donde sea, y si me tengo que abrir un hueco aquí en la oreja, me lo abro, a mí me da igual". Y se ve que ahí desde luego, los dos comparten el odio al cuerpo, ¿no?, pero de una forma diferente, ¿no? Uno se odia machacándose continuamente de una forma que él piensa que de alguna forma es por la salud, ¿no?. por estar bien, y el otro con la pretensión de odio al cuerpo, de... “el cuerpo me da igual, igual”, pues está creyendo en el cuerpo más que nadie ¿no?, tiene el cuerpo como… sabiendo perfectamente dónde está la oreja, dónde tengo la dilatación de cinco centímetros, el tatuaje en la espalda y eso.

 

           AGC — Si. En todo caso no hay donde elegir, por supuesto.

 

          — Claro, entonces, [] ¿dónde estaría el que de verdad vive?, ¿no?, el que se libera de esa fe ¿no?, de esa fe del cuerpo?

 

           AGC — ¿Dónde está? Está en nosotros, en cualquiera de nosotros, gracias a esa gracia de que no somos nunca del todo eso; hasta en esos dos, en cuanto les surgiera alguna desconfianza, podría surgir lo que menos se podía esperar. Pero está bien sacar ejemplos tan estremos que evidentemente prueban que en un caso y en otro se obedece a esa fe en que el cuerpo es de uno: o lo vuelve musculoso con el psicoanálisis [sic], o lo llena de tatuajes, da igual.

 

          — []

 

          — Yo quería hacer una pregunta: ¿Que si no hay también algo de fe en la afirmación de que no somos nunca del todo?

 

           AGC — ¡Ah!, es que eso no es una afirmación, eso es una negación. No es una afirmación. Llamarlo afirmación es ya tomarlo en el sentido que antes le decía a este amigo: positivizar la negación. Lo que decía también a Isabel. No, eso no es ninguna afirmación. Hay que simplemente darse cuenta de esto: de que es un engaño de lógica fundamental el pensar que decir NO implica automáticamente la creación de una fe contraria, porque es una fal-... un error de lógica que el Poder necesita, como ninguna otra, por tanto hay que estar contra ella, decir NO, descubrir que era mentira que fuera TODO, que la población fuera TODOS, que uno fuera UNO. Descubrir esas cosas no es más que descubrir, decir NO; no es ninguna afirmación, se descubre o no se descubre, pero en todo caso no da lugar a ninguna otra fe, no. Es una práctica, una ocupación, decir NO.

 

          — Lo difícil es el dejar de hacer. Por ejemplo, eso del escribiente, de que decía "Preferiría no hacerlo". Es que entre el descuidarse se vuelve militancia el descuido; en cuanto te descuidas te haces un militante del descuido…

 

           AGC — Sí, esto que dice Isabel, como ha dicho ella al principio, es muy difícil dejar de hacer. Ése es el secreto, como ha salido en el caso de los tatuajes frente a la gimnasia. Es muy difícil dejar de hacer, efectivamente. Las cosas que se hacen de ordinario son cosas serviles, al servicio del Orden para mantenerse, para mantenerlo, pero algo hay que hacer, y normalmente si no estás trabajando caes en el divertirte, por lo menos en fumar un cigarrillo, que ya es hacer algo, fumar un cigarrillo mientras no haces otra cosa. Es difícil dejar de hacer. Es difícil, no imposible.

 

          — No, pero creo que poner ejemplos tan radicales y extremos facilitan los argumentos, pero yo, por ejemplo, me pregunto: no cuidarse, yo creo que todos los que estamos aquí si salimos a la calle un día en que hace frío todos nos abrigamos, me da igual que sea para no constiparnos, para no sufrir, para... y es una manera de cuidarte. Entonces…

 

           AGC — No sé qué quieres decir.

 

          — Pues quiero decir que es que el no cuidarse... es imposible.

 

           AGC — El no cuidarse no es ninguna orden, no te lo tomes así, ¿eh?, porque caemos en lo mismo.

 

          — No, no: pero hablo desde…

 

          AGC — No, no, no: es simplemente denunciar qué es lo del cuidarse, en qué consiste. Después ya, cuando salgas a la calle te pones lo que quieras, qué más da, si las cosas que uno hace... Las cosas que uno hace fuera de la tertulia desde luego -por desgracia puede que incluso las que hagas también aquí dentro-, pero las que hagas fuera, ¿qué más da?, si eso es lo que hacemos todos, no tiene importancia ninguna. Aquí nos dedicamos a descubrir la pretensión de saber qué hacemos, por qué lo hacemos y... todo eso. Y luego los resultados prácticos no tienen nada que ver con eso. Uno para ir tirando sigue comiendo todos los días, dos o tres veces, quitándose la ropa cuando hace calor, abrigándose cuando hace frío, durmiendo... ¿Eso qué tiene que ver? Eso es simplemente "la Realidad".

 

          — No tomaría el abrigarse como una forma de cuidado porque, digamos, que como que el cuerpo te lo pide de alguna forma ¿no? Cuando el oso está en letargo tantos meses, pues no lo hace porque dice "¡Ay!, me voy a estar aquí abrigado ahora porque dentro de dos meses a lo mejor...”.

 

          — Bueno, pero tu padre te ha dicho cuatro mil quinientas veces: “Abrígate, que si no te vas a coger un constipao”.

               

          — []

 

           AGC — Bueno, pero... Sí, sí, está bien lo que ha dicho, a la Realidad no hay por qué defenderla, ¿eh? Recuerda que aunque el cuerpo te lo pida, como dices, los trapos que tienes a mano son los que te han vendido en el supermercado, vamos, y por tanto, te los coges porque no tienes a mano... no tienes a mano heno ni nada, tienes eso. De manera que, no, no, la Realidad es así y no nos interesa. Aquí lo que descubrimos es la mentira de las verdades que se fundan justamente en esa práctica, que todos los días os están plagando, por la información y todo eso. Estamos contra la fe. Contra la práctica de la Realidad…  si ni tiene sentido decir que…, Sería ponerse ascético, inventar otra especie de conducta. ¡Qué coño es eso!, no tiene que ver nada con lo que aquí estamos haciendo. Aquí se está contra la fe y la información, contra todo eso que a partir de la práctica real te imponen. La práctica real ni es bueno ni malo, es lo que hay, es la realidad de la que partimos; aquí estamos contra la fe que la sostiene.

 

          — Le quería recordar… En Tíbet se funde hielo… los tibetanos funden hielo palpitando más rápido o se ponen debajo de una catarata helada… Un mero caso de las cosas, es cultural

 

          AGC — Sí. Lo hacen, dices, ¿para?

 

          — ¡Yo qué sé pa qué lo harán ellos! Digo que como la chica dice “Cuando hace frío te abrigas”. Digo “No: en Tíbet no te abrigas, en Tíbet de vas a la nieve y fundes hielo con tu corazón”. ¡Yo qué cojones sé…!

          AGC — En todo caso, por favor, es un aburrimiento ocuparnos de la práctica de la realidad cotidiana. ¿Qué más?

 

          Lo que no entiendo es... cuando antes has comentado lo de, por ejemplo, la famosa frase ésta que figura en el templo de Delfos, ¿no?, "Conócete a ti mismo", luego relatada cuando Cervantes le dice a Sancho "El mayor conocimiento que imaginarse uno pueda es el conocimiento de uno mismo", cuando el propio Ibn Arabi dice "Todo el secreto está en ti"… No entiendo por qué esta profundización en el conocimiento de uno mismo le tildas de fe, o de engaño, o de otra manifestación más que nos impone el Poder o tal... O sea, que no estoy de acuerdo con esta versión tuya.

 

           AGC — Porque es mentira. Porque uno mismo [] es mentira… Pero si quieres, en vez de oírmelo decir a mí, puedes acudir a los diálogos juveniles de Platón, y a lo mejor entiendes por ahí, porque allí, en varios de ellos, el Sócrates de Platón... (¡Bah!, en general Platón es un falsificador cuando funda una filosofía y eso, pero los diálogos juveniles son todavía sin duda muy socráticos), y en varios de ellos Sócrates saca la iscripción del templo de Delfos y justamente con el dialogante va descubriendo las contradicciones que hay en esa pretensión, que son justa-..., que aunque no sean en esos términos, son las mismas que he sacado ahí: ¿quién soy yo para conocerme a mí mismo? Lo mismo que ¿quién soy yo para cuidarme? Esa contradicción tan elemental no puede menos de aparecer hasta por lógica, simplemente dialogando a lo socrático, lo contrario es una pura fe. Es curioso, que en muchas literaturas y filosofías le han aplicado esa fe a Sócrates mismo, cuando es una mentira. Sócrates era dialogando con ellos. Y lo de Cervantes, lo siento, pero no me estraña demasiado, ¡qué se le va a hacer!, Cervantes recoge esa actitud y se la pone en la boca a Don Quijote, lo cual desdice un poco de lo que más admiramos de la locura de Don Quijote, la estropea un poco, se pone sensato hasta el estremo, que es la mayor virtud conocerse a sí mismo. Pero ¡qué se le va a hacer!, así es la filosofía, así es la literatura, por eso aquí estamos en contra.

 

          — Ya para terminar. Respecto a esto el final del soneto ése de Unamuno que dice "conócete mortal mas no del todo" es interesante el "mas no del todo" porque también en eso está lo del análisis interminable de Freud, que por supuesto la indagación...

 

           AGC — Bueno, en eso no te metas... Pero lo primero…

 

          — No, no, es que “Conócete mortal mas no del todo” enlaza con lo del análisis interminable, que el conocimiento es interminable siempre, luego por lo tanto no se puede hablar de conocimiento total. ¡He dicho!

 

          AGC — No, no: no pegues un salto. Efectivamente el soneto de Don Miguel lo hace claramente, admite lo del “conócete mortal” pero percibe que no tiene... pero añade "mas no del todo" porque efectivamente ahí está reconociendo que no tiene sentido la pretensión de conocerse de verdad a uno mismo.

 

          — Pero en cualquier caso ahí sigue vigente la pretensión de que hay un objeto de conocimiento aunque sea para un conocimiento no total pero hay un objeto que es el "uno mismo".

 

           AGC — Sí, sí. Y no hay otro del que partir más que el real, porque ¿sobre qué coños se va a ejercer el análisis y el diálogo?, es sobre el real, es decir, la persona corriente y moliente, ésa con su cuerpo, su voluntad y su conciencia y todo eso, sobre ése opera el diálogo, opera el análisis... y descubre la dialéctica que en contra de lo que creía de que era de verdad, pues no: era de convención, de realidad, estaba hecho de contradicciones, pero nada más. Pero se parte de ahí, como en todo lo demás. Para partir, para el ataque, no hay más que la Realidad, es la realidad corriente de uno y de las poblaciones. Es absurdo pretender que podemos aquí partir de otro sitio. Se parte de eso como objeto.

 

Es a eso a lo que le seguiremos diciendo NO, si el Señor nos deja, dentro de siete días, y no nos pasa nada.